—¡Qué hijo de puta! —exclamó, sorprendida de
haber pronunciado esas palabras.
Un silencio absoluto cayó en la oficina del abo-
gado Ilan Oz en la calle Ben Yehuda 7 en Jerusalén.
Silencio parecido al producido después de un atenta-
do terrorista. Los presentes, sentados alrededor de una
larga mesa, parecían estar en estado de shock. Cinco
adultos intentando entender de qué se trataba, qué les
cayó sobre la cabeza.
—Así, sin más ni más, nos envió esta bomba —con-
tinuó diciendo Estrella, la madre— después de su
muerte.
—¿Y si no lo buscamos?, ¿qué pasaría si no lo bus-
cáramos?
—Según el testamento, el dinero se quedará en
una cuenta cerrada durante cinco años; transcurrido
este tiempo, podrán ustedes disponer de él. Lo que
dice el testamento es que debéis hacer todo lo posi-
ble por encontrarlo.
El más joven de los hijos, Israel, dio vueltas a la ki-
pá negra que tenía en su cabeza una y otra vez.
—Es que no lo entiendo; ¿de verdad quiere que
nos vayamos a buscar a su hijo…?
—A ese bastardo —dijo el primogénito, Messod—.
¿Qué quiere decir todo esto?, ¿nunca habló de esto con
nadie?
La madre, mirando al abogado, preguntó:
—¿Y es que no podía morirse con su secreto guar-
dado?
El abogado empezaba a impacientarse.
—No tengo otras noticias, es lo que está escrito en
el testamento; lo único que les puedo explicar es la
parte jurídica del problema, nada más.Y creo que a es-
tas alturas las disposiciones están bastante claras. Pue-
den intentar anular el testamento, pero no me parece
tan simple.
—Debemos hacer todo lo posible por encontrar a
su hijo —dijo David.
—¿Quién debe? ¿Todos? ¿O es suficiente uno de
nosotros? ¿Es que ahora cinco personas tienen que
detener sus vidas y buscar al hijo…?
—Yo no voy, seguro que yo no voy a ir a Marrue-
cos para buscar al hijo bastardo de mi marido; es, no…
—Bueno —dijo Silvia—, no creo que sentados en
esta oficina vayamos a solucionar el problema. Creo
que debemos volver a casa y pensar en todo esto, y si
tenemos preguntas le telefonearemos, señor Oz…
Muchas gracias. —E hizo señas a los otros para que se
dieran cuenta que había que irse.
—Una pregunta más —dijo Alberto—, una pre-
gunta importante, ¿de cuánto dinero estamos hablando?
—Tengo aquí números de cuentas —dijo el abo-
gado— y no sé cuánto dinero hay en ellas. Hay una
cuenta en Suiza.
—No queda mucho —dijo la madre—; unos seis-
cientos mil dólares, un poco menos, eso es lo que
queda.
—Eso es todo, eso es lo que queda de la gran for-
tuna legendaria de la familia Benzimra; es menos de
cien mil dólares para cada uno; ¿eso es lo que queda
de la fortuna que podía comprar príncipes, ministros
y reyes, y sacar a cualquier judío de la cárcel?
—Así es —dijo Israel—, los ashkenazim se enri-
quecen aquí y nosotros nos hacemos pobres, una ge-
neración más y no quedará ya nada.
—Ya empezamos con eso —dijo Alberto—. Ya
empezamos…
—Bueno, no es el momento; muchas gracias, señor
Oz, le llamaremos si le necesitamos.
✺
—¿Adónde vas, hijo?
—Voy solo.
—¿Ves a alguien?
—Os veo a todos, pero estáis muy lejos.
—¿Y cuándo vuelves?
—Ya he vuelto, siempre vuelvo.
—¿Adónde vuelves?
—Al mar.
—¿Te gusta?
—Las olas no dejan huellas.
—Una roca siempre espera.
—Yo soy la roca.
Madrid
10:17 Página 17
FORTU/MESSOD
Siempre espero que pase algo, siempre espero algo.
Y cuando algo pasa, espero algo más.Treinta años pasé
lejos de Tetuán, sin ir allí. Siempre estaba allí, un allí
eterno, un allí que no se acaba, una palabra del pasado,
una palabra del olvido, una palabra de la memoria.
Treinta años huí este viaje.Alberto me contó que es-
tuvo allí, dijo que se lo pasó muy bien, que cada mi-
nuto fue una maravilla. Pero otros, muchos otros, ha-
blaron de la basura, y lo sucio que estaba todo, que
toda la ciudad es una porquería, y que está llena de
moros, como si nunca hubieran vivido moros allí.Y
tal vez no estaban, tal vez no fueron parte de nuestra
vida, a pesar de que vivían con nosotros, a nuestro la-
do, siempre fueron círculos tangentes que no penetra-
ban nuestras vidas, eran universos paralelos, que nos
aportaban nuestras necesidades, la Fátima, que hacía
los trabajos de casa, compraba naranjas o pescados.Y
nosotros éramos lo mismo para ellos, los que mueven
la economía, los que dan trabajo. Nos añoran, pregun-
tan por qué nos fuimos, si nos sentíamos mal, y creo
que no. No todos se sentían mal, pero algunos sí, co-
mo mamá y la abuela; las mujeres se sentían incómo-
das en la ciudad, hablaban de Israel como algo obliga-
torio, siempre las mujeres, las mujeres son las que
decidieron irse a Israel, los hombres, como yo, prefe-
rimos algo más conocido, Madrid, París. ¿Quién tuvo
razón?, no sé, pero cuando llegué de visita a Israel en
1977 sentí que era demasiado tarde para mí, dema-
siado tarde para cambiar mi vida y dejar Madrid, de-
jar el olor de los calamares, las charlas alrededor de las
tapas, era demasiado tarde, dije a mi padre, dije a mi
madre, él lo entendió, ella no. Me quería a su lado, él
hubiese preferido estar en otro sitio, en Palma de Ma-
llorca, donde mi primo quería que fuese a dirigir o a
comprar un hotel, o en Canadá.
—Esto no es para nosotros —me dijo mil veces.
—Te entiendo, a lo mejor es para la próxima ge-
neración.
—Los nietos, sí, a lo mejor para ellos será mejor,
pero veo a tus hermanos, y a tu hermana, y ninguno
de ellos se siente de verdad en su casa, a ninguno le
va verdaderamente bien, ni tu hermano Isaque, que
nunca fue muy convencional, está mejor en Nueva
York.
—No creo que hubiéramos estado mejor en Nue-
va York, creo que estamos mejor en Madrid, o en Pa-
rís, o en Jerusalén, pero Nueva York, ¿no está eso muy
lejos? Tal vez no, el sitio más lejano para alguien na-
cido en Marruecos es Jerusalén, ¿te lo puedes creer?
—Y esto lo dije en voz alta, sentado al lado de mi
querida hermana Silvia.
—¿Qué? —dijo—, ¿qué me puedo creer?
—No sé, no dejo de pensar, no dejo de pensar qué
quiere decir todo este viaje,qué sentido tiene,y qué bus-
camos, un hermano, un hermano del que no sabemos
nada, a lo mejor buscamos un hermano muerto, a lo
mejor ya se murió, la gente se muere joven como tú
ya sabes.Treinta años son muchos años.Y en Marrue-
cos, con todas las drogas, vete a saber a cuántos matan.
—Yo también pienso sin parar.
Pedí un güisqui a la azafata, una botella entera, va-
sos y hielo. Invité a todos. A pesar de que J&B no es
el güisqui que más me gusta, a todos nos gusta el güis-
qui, y era una buena excusa para calmar la tensión.
1974. La familia se dispersó: unos fueron a Jerusa-
lén, y yo me quedé en Madrid para acabar los estu-
dios de medicina. Después el sueño fue alejándose, la
distancia entre nosotros se ensanchó, el lenguaje em-
pezó a cambiar, su lenguaje, el mío, el lenguaje de mis
hermanos. Hablaban de cosas que no entendía, que
no podía entender, que no quería entender, discrimi-
nación, racismo, opresión, pero mi madre no quería ni
oír hablar de emigrar a otro país, a ningún sitio fuera
de Jerusalén, muchas veces propuse que se vinieran a
Madrid.
—Aquí os las arreglaréis bien, el dinero no es un
problema.
Pero pasó un año y después otro, una excusa y
otra, los hermanos más pequeños tendrían más problemas en adaptarse a Madrid que si hubiesen llegado
directamente de Tetuán.
—Tienen nuevos amigos —decía mi madre—, y
hablan hebreo, y eso es lo importante, lo importante
es que hablemos hebreo.
Tal vez en eso sí tenga razón, pero muchos amigos
no tenían, eso sí que lo sé, siempre lo supe. Muchos de
los amigos están aquí en Madrid… no sé por qué sigo
pensando en todo esto.Tal vez para escaparme de mí
mismo, de la situación en la que estoy, de la muerte de
mi padre, del testamento extraño que nos dejó, corro
en mis pensamientos,y cada vez vuelvo a este hermano
extraño, mi medio hermano. ¿Qué le diré cuando lo
encuentre? ¿Qué? Tal vez, simplemente nada. Soy yo el
que debe hablar, el hijo mayor, tengo que empezar yo.
—Aquí estás,Yosef, tú, hijo de mi padre, no sabía
que mi padre tenía otro hijo, pero él sí se acordó de ti
y te nombró en esa herencia, aquí, ves, firma, y reci-
birás cien mil dólares, tal vez un poco más, y eso es
todo, somos hermanos, muchas gracias, estamos con-
tentísimos de haberte encontrado pero no nos vere-
mos nunca más. Recibirás un cheque de nuestro abo-
gado, dentro de un mes o dos, hasta que arreglemos
todos los formularios jurídicos, eso es todo…
Tal vez eso es lo que pase, y tal vez… ¿Qué? Me
pondré a llorar, le diré que es el sustituto de Israel, el
que nació en medio de la guerra de los seis días y
murió en la guerra del Líbano. Fue el único israelí de
la familia, amó la tierra y su lengua, el único, y se mu-
rió en el Líbano, y ahora, tú, tú,Yosef, tú,Yosef, eres
mi hermano, lo entiendes, eres mi hermano, y ya está.
Así pasará todo, o tal vez no, tal vez encontraremos
su dirección y le enviaremos una carta, las cartas son
más simples, es más fácil, quién soy, tengo cuarenta y
siete años, para qué necesito un hermano ahora, tengo
ya un hijo, ¿para qué necesito un hermano?
—Eso es lo que todos nos preguntamos —dijo
Silvia.
—Y entonces qué, y si buscáramos su dirección y
le mandáramos una carta, si está de acuerdo nos en-
viará una carta de su abogado, si no, hemos hecho lo
que nos pidió en el testamento, ¿no?…
—No has pensado que tal vez papá quería que lo
encontrásemos, que lo viéramos. ¿No has pensado
en eso?
—Yo no sé lo que él quería. Papá está muerto y no
podemos preguntarle nada. O tal vez hablaste con él
y te dijo algo sobre todo esto, estaba más cerca de ti
que de todos nosotros, y de Ruth, no de mí, no tanto
de mí. ¿Habló de esto contigo?
—No. Nunca. Nunca de una forma precisa, pero
hay algunas frases que me dijo que tal vez tengan que
ver con todo esto, o ahora tienen un significado nue-
vo, tal vez, tal vez lo imagino. Hace un año me dijo
que si se moría antes que mamá, que nos ocupáramos
de ella, e insistió en que no hablaba de dinero, a veces
me decía que dejó en Marruecos mucho más que di-
nero.Tenía frases raras que tal vez ahora toman un sig-
nificado diferente.
Llega la comida, Silvia pregunta si la comida es cas-
her y la azafata de Iberia dice que en este vuelo todas
las raciones son casher . Hay algo que hacer durante el
vuelo. La comida en los aviones es más una ocupación
que una alimentación.Vienen a llenar las largas horas
sentados y sin nada que hacer. Pero los pensamientos
no me dejan mientras intento con mis mejores cua-
lidades abrir el paquete con la comida sin dejar caer
nada en mi ropa o en la de mi hermana, todavía que-
da un poco de güisqui, pero la comida carece de sa-
bor, no son como los almuerzos en Air France a Nue-
va York, aquí nos llega de Nueva York. Isaque, nuestro
homeópata, seguro que empezará a discutir conmigo
otra vez sobre cómo enveneno a mis pacientes, pero
la verdad es que cada vez doy menos antibióticos a
mis enfermos, y menos medicamentos; descubrí que
el noventa por ciento de ellos lo que quieren es com-
partir conmigo sus problemas, más que curarse de sus
enfermedades, a ellos tampoco les gustan mucho los
medicamentos y más de la mitad de éstos llegan a la
basura: ser médico de familia es bastante agradable,
hay más tiempo para hablar con el paciente, y a veces
se pueden conocer los problemas de toda una familia,
y en muchos casos eso es interesante. Él es el único
que viajó a Tetuán desde que nos fuimos de allí, y dijo
que el dinero no le es nada urgente, pero quería venir
con nosotros, vernos de nuevo en nuestra ciudad. Y
tiene razón, todos estos años nos escapamos de la ciu-
dad, todos nos escapamos como si fuésemos la mujer
de Lot y si nos atreviésemos a mirar hacia atrás nos
convertiríamos en una estatua de sal; de qué teníamos
tanto miedo, de Madrid o de París, es sólo un vuelo
de un par de horas, podía haber ido un fin de semana,
eso es lo que me pedía siempre mi mujer. En aquel
entonces, en los días que me amaba, muchas veces me
pidió que viajásemos un fin de semana, y mi respuesta
siempre fue «qué tengo yo que buscar allí, podemos ir
a París, a Nueva York, a Madeira, a Sri Lanka, a la In-
dia, a Madrás, a Teherán, a cualquier sitio, a cualquier
sitio y no a Marruecos».Y no era sólo yo el que res-
pondía así, era la respuesta de mi padre, de mi madre,
de todos los hermanos. ¿Qué se nos perdió allí? Todo,
digo yo, todo se nos perdió allí.
—¿Te emociona volver a Tetuán?
—No son las mejores condiciones. No sé, toda la
vida he evitado este momento, pero sabía que un día
tenía que volver, cerrar un círculo, acabar ese capítulo.
No pensé que pasaría así, que volvería a buscar un
medio hermano del que no sé nada, no sé si es el mo-
mento más adecuado, pero por lo visto lo es, porque
estamos viajando hacia allí,Tel Aviv Madrid Málaga,
Tel Aviv Madrid Málaga… El trayecto opuesto al de
1974, yo en esa época ya estaba en Madrid pero leí
mil veces en los libros de Alberto sobre esa mañana
que se despierta en Restinga y viaja a Ceuta. Como
si hubiese estado allí. ¿Cómo lo recuerdas tú?
—Yo estaba contenta. No olvides que fue después
del golpe de estado fracasado de Ofkir, en esa época
hubo muchos intentos de matar al rey, y nosotros te-
míamos que eso ocurriera porque habría sido muy
negativo para nosotros. Fue un alivio. Recuerdo que
desperté a Israel y le llevé en mis manos, medio echa-
do, al coche; mamá llevaba a Ruth, mientras papá ha-
blaba con el chófer, justo cuando el sol se levantaba
sobre el mar. Era impresionante. En la frontera está-
bamos un poco asustados de que pasara algo, papá so-
bornó a un policía, todos dijimos que íbamos de vaca-
ciones a Palma de Mallorca, al final llegamos a Palma
de Mallorca hace dos años, papá, mamá, mi marido y
yo,y también vino Ruth y su marido,lo pasamos bien,
lástima que no viniste tú, fueron unas vacaciones fa-
bulosas.
De pronto se calló, justo cuando pensaba que iba
a darme muchos detalles, frases, recuerdos del viaje fa-
miliar, se calló. En su cabeza las cosas están muy cla-
ras, la casa, el marido, los tres hijos, estabilidad francesa
típica, todo es seguridad, las cremas dan seguridad, Pa-
rís, la securité sociale , la casa, los dos coches, el marido
y su seguro de vida, los niños que irán a estudiar en
una école de buena categoría, todo está bien arreglado,
y yo lo que soy es un lío enorme, mi matrimonio es
una locura. Nadie sabe nada de eso, nadie sabe lo que
me pasa, y tal vez piensan que vivo un gran amor, un
gran amor que no tiene fin.Y tal vez piensan que no
necesito la herencia, que me basta con el dinero de mi
mujer, y de mi trabajo de doctor. ¿Me basta para qué?
Para pagar la hipoteca de mi casa en la calle Pedro Tei-
xera, el coche grande, el ordenador de la niña, quién
sabe para qué es suficiente qué, no es suficiente para
crear felicidad, no es suficiente para recrear la sensa-
ción de calor de un día de Pascua, cuando volvíamos
de la sinagoga y sentíamos el olor de los platos pas-
cuales, la casa limpia, las mujeres vestidas con sus me-
jores galas, tal vez en ese entonces la vida tenía signi-
ficado, tal vez sólo en ese momento, pero qué sé yo lo
que pensaban mis padres, sobre qué soñaban, tal vez
ellos tampoco sabían de dónde iban a sacar dinero pa-
ra llegar a fin de mes, o pensaban que no saldrían de
la ciudad a tiempo y matarían al rey y todo se derrum-
baría. Para mí, con mis diez años, eso me parecía lo
más seguro del mundo, lo más claro, nunca oí a mi
madre preocuparse por dinero, como mi mujer, y te-
nemos más que lo que tenían ellos en esa época, y
tenemos medicina social y médicos privados, y todos
los seguros del mundo, y no nos basta, no estamos
contentos, tiene que ir a la peluquería más cara, a las
tiendas más caras, no sé adónde, sólo veo cómo cada
mes pagamos más a las cartas de crédito y no puedo
decir nada, es también su dinero.
La casa no es un sitio seguro, no es segura como
parecía antes, era el símbolo de la seguridad, como el
símbolo de la libertad, el sitio al que siempre se puede
volver cuando los cielos se llenan de truenos, más di-
nero igual a menos seguridad, más facilidades, más
servicios evidentes, agrandan el miedo de perderlos.A
lo mejor me abraza, quiero que mi hermana me abra-
ce, ¿por qué no la abrazo yo, por qué no?, simple-
mente poner mis manos alrededor de ella, segura-
mente sonreirá, se pondrá contenta, pero no puedo,
no puedo abrazar, no puedo dar amor. Sonrío a mi
hermana. ¿Dónde está el amor que amamos cuando
éramos niños, los abrazos que nos abrazamos, las dis-
cusiones que discutimos, los paseos que paseamos,
dónde estamos, por qué estamos tan lejos, Jerusalén,
París, Madrid, Nueva York, dispersos en medio globo?
Durante quinientos años nuestra familia vivió en el
mismo sitio, en dos kilómetros cuadrados, íbamos de
casa en casa, pero en el mismo sitio durante quinien-
tos años, y ahora estamos a cinco mil kilómetros de
distancia, el mundo tal vez se ha hecho más chico, se
puede visitar pero estamos lejos, quiero venir a ti a
llorar y hablar de mi mujer, contarte lo difícil que es,
pero no puedo subir en un avión para eso. Allí tam-
bién cuando todos estaban cerca no se podía hablar de
los dolores, tanto se convirtió en olvido, la gente no
hablaba en esos tiempos, olvidaban y se acabó.
Nos encontramos en bodas y en entierros, en cir-
cuncisiones, unas vacaciones de unos cuantos días, y
todos intentamos estar contentos, intentamos no ha-
blar de los problemas, las vidas separadas, las distancias,
las distancias que se acentúan cada vez que volvemos
a vernos, porque entonces, entonces, vemos cómo
cada uno ha tomado un camino diferente, cada uno
ha ido a una lengua diferente, a una cultura diferente:
Alberto empezará a hablarme de los problemas con
los ashkenazim, seguramente tendrá razón pero ¡qué
sabré yo de eso!; tú me hablarás de tu perro enfermo,
Isaque de homeopatía, y Ruth, ¿de qué puedo hablar
con ella?, de su próximo hijo, treinta años, seis hijos,
qué hace todo el tiempo, niños, niños, nada más que
niños y su marido estudia en una yeshiva de Shas y
hace niños.Viven un poco del dinero de la familia,
subvenciones sociales, y hacen más y más niños, de
qué puedo hablar con ella, sobre qué, sobre las faldas
de mi mujer que cada una de ellas cuesta como todo
lo que gasta en un mes, un mundo al revés, un mundo
extraño, la vi antes del entierro, hace cinco años, y
ahora no puede venir con nosotros, claro, está en el
octavo mes, no puede subir en un avión, ella necesita
el dinero más que nosotros y con más urgencia que
todos, e Israel que se murió, se murió del todo, sin te-
ner hijos, se murió y se fue.
Con él puedo hablar, para eso no necesito pala-
bras, ni siquiera pensamientos. Morir para la patria,
muerte con sentido, es una muerte que tiene sentido.
Se acabó la comida, devuelvo los cubiertos, veo a
los que tienen miedo de los vuelos, algunos de ellos
se sentaban antes en la zona de fumadores y fumaban
durante todo el vuelo, ahora sólo pueden moverse, ir
de un lado al otro, sudar…
La azafata nos da una sonrisa forzada, símbolo co-
mercial de Iberia; nunca he podido entender cómo
puede ser que el pueblo que mejor sabe reírse natu-
ralmente haya dado al mundo azafatas que sólo pue-
den forzarse a reír, de vuelo en vuelo me sorprende
más, y lo peor son los vuelos interiores. Sería intere-
sante saber quién las elige.
ISAQUE
Cuando vuelva se lo voy a decir, por fin se lo diré,
se acabó,Sandy,esto se acabó,no podemos seguir así,no
podemos seguir juntos, no depende ya de nada, no es-
toy amenazándote, ni siquiera quiero cabrearme, no
estoy enfadado, simplemente se acabó, no puedo se-
guir viviendo contigo, tal vez puedo ser amigo tuyo,
amante tuyo, pero no podemos ser marido y mujer,
no podemos seguir alargando esto, no puedo hacer
nada, no, no espero que cambies, ni puedes dejar de
gritar sobre nuestro hijo Sam, no espero de ti que te
calles, no tengo ninguna solución, ni ningún remedio
para esto, ni en 8CH ni en 200M, la dilución no va a
cambiar nada.Y no puedo tratarte, soy tu marido, ne-
cesitas otro médico, si es que tienes algún problema,
pero no es seguro que lo tengas, a lo mejor no pade-
ces ninguna enfermedad, simplemente que esto se
acabó. Lachesis, te acuerdas, ese remedio para los que
hablan sin parar, lo intentamos una vez, te acuerdas, y
me acuerdo de esa vez, y me pongo a reír, y todo se
me pasa como un oleaje en el Mediterráneo, después
vuelve el silencio, el sol, las olas pequeñas que son una
caricia más que un dolor, y entonces yo ya te añoro,
pero esto no puede seguir así, está ese hombrecito en
mi cabeza, y me dice que esto no puede seguir así, me
divorcio todos los días, y vuelvo, con el retorno de las
memorias, pero y el presente, ¿dónde está el presente?
¿Dónde está nuestro presente? Me acuerdo de ese
verso de Jackson Browne que dice que los mejores
tiempos fueron cuando no nos esforzábamos, el es-
fuerzo hace de todo una goma de falta de comunica-
ción, la incomunicación entre un hombre y una mu-
jer, entre los hombres, todo vuelve y vuelve otra vez
y no puedo decidirme, qué puedo tomar, tal vez Si-
lica, o algún Natrum, Natrum Muriaticum, Natrum
Sulfuricum, Natrum, sal, me va bien la sal, la sal de
mesa, sal de mar, sal en todos lados, sal y más sal, un
hombre salado, me siento afín a la sal, no puedo na-
dar en piscinas, no tienen sal, sólo puedo nadar en
el mar, mar, más mar, tocar el mar, ver el mar, sentir el
mar y ya soy otro, y por eso no he salido en diez años
de esta isla, Manhattan. Cuando las cosas se ponen di-
fíciles lo mejor es ir al mar, a ver las aguas saladas, sen-
tir que el mar llega a un sitio lejano, a otro sitio con
vida, otras personas, y las aguas nos unen hasta el final
de los días, islas perdidas, personas que nunca hablarán
conmigo, están ligadas a mí por la sal del mar, por la
memoria del agua del mar, la memoria de la sal, la me-
moria del agua,los minerales,toda la historia del mun-
do está en él, en sus aguas, los piratas y mis antepasa-
dos que salieron de Sefarad, de Israel, que salieron en
busca de un nuevo mundo aquí, porque los primeros
judíos que llegaron aquí eran sefardíes, iniciaron el ju-
daísmo en Estados Unidos, en Nueva York y en Amé-
rica, y no olvidemos a los conversos que supieron vi-
vir en comunidades criptojudías en todo este
continente, aquí estamos. Entro en la depresión y em-
piezo a hablar del mar, el mar sobre el que vuelo aho-
ra mismo, si naufragamos nadie encontrará ningún
rastro de nosotros, nos convertiremos en mar, trozos
de cuerpos en el agua o dentro de peces que serán co-
midos por peces más grandes o más chicos o que aca-
barán su vida en un plato, seremos peces, seremos
mar, seremos mar.

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