28/12/11
Bufanda Blues - extracto de Novela
Trilogía MADJLM: Un escritor judeoespañol llega a Madrid a un encuentro de hispanojudíos, justo después de la muerte de su mejor amigo y de su hermana. En Sevilla encuentra una bufanda que dura en su cuello 13 días y que tal como llega a él desparece y se pierde en Madrid. La bufanda se convierte en una obsesiva reflexión sobre lo que se pierde y la despedida de las cosas y de las personas. El escritor se despide de los muertos pero también de todas las personas que no ha sido y que y nunca será. Se despide de los sueños. Mientras vienen a su encuentro judíos hispanos que llevaban 150 años perdidos en Amazonia y sobre los que ya había escrito diez años antes en una de sus novelas, ¿Habrá inventado esa realidad?, ¿Es la realidad fruto de lo que imaginamos?
La novela viaja entre países, Marruecos, Brasil, Nueva York, Israel, y lenguas: hebreo, francés, español, portugués y sobre todo jaquetía, el judeoespañol del norte de Marruecos que se empeña en seguir un muerto-vivo de una cultura que ya no existe, de la palabras y expresiones que dejan atrás un mundo perdido.
EXTRACTO
Mois Benarroch
BUFANDA BLUES
ISBN: 978-1-4710-2507-5
BUFANDA BLUES
Mois Benarroch
© Mois Benarroch
Cubierta: Lya Benarroch
1.
Encontré una bufanda en Sevilla y la perdí en Madrid. Una bufanda marrón claro, claro, Pierre Cardín. La perdí en Madrid, tal vez en el café Gijón. En el café Gijón suelo olvidar móviles, por lo menos tres veces he olvidado mi móvil en el café Gijón, pero esta vez fue una bufanda encontrada en Sevilla. La vi la última vez en el café Gijón, aunque tal vez la perdí en el corte inglés de nuevos ministerios cuando me puse los calzoncillos largos que me costaron 28 euros y que compré porque mis piernas se helaban. Nunca tuve más frio en Madrid que el día en que perdí la bufanda marrón. La encontré en un restaurante de la judería de Sevilla, cuando estaba con un grupo de marroquíes hispanos y fui el último en salir. Después del almuerzo me fui a beber un café italiano en la barra y al salir solo estaba mi chaqueta y la bufanda, que tal vez era de alguien otro que todavía estaba en el restaurante. Pero yo creía recordar que era de alguno de los treinta judíos que estaban conmigo, así que cogí la bufanda y fui pregonando a cada uno de los participantes que tenía una bufanda en mis manos y que buscaba a su propietario. Pero nadie dijo esa bufanda es mía. Volver al restaurante ya no podía y empezó a gustarme su calidez y la delicadez de su piel, ya me la puse alrededor de mi cuello y así se quedó dos semanas hasta que la perdí en Madrid. Tal vez en el café Gijón, tal vez en el corte inglés, tal vez por la castellana, o por la calle Orense, entre el café Gijón y la calle Orense.
Una bufanda siempre trae recuerdos. El primer recuerdo es una madre llevándola cálidamente alrededor del cuello en un día tibio, otros son los de las bufandas de las anginas de la adolescencia, inacabables, llenas de antibióticos y casi mensuales. Otras las bufanda de las amantes, rojas, siempre rojas, a veces sobre un jersey negro, tanta belleza, pocas veces en el cuerpo desnudo de la amada. Y me doy cuenta que no recuerdo nunca haber comprado una bufanda, siempre las encuentro en sitios inesperados o son regalos llenos de caricias de mujeres queridas, a veces de un amigo. A veces, es ¿te gusta esa bufanda? Pues quédatela. Las bufandas tienen casi siempre esa calidad de ser bisexuales, no se disputan referencias genéricas, cosa que hoy en día lo hace casi todo y que a pesar de lo que pensamos no siempre fue así, y las líneas trazadas entre hombre y mujer no eran tan claras, por ejemplo hace poco un actor masculino no sentía repudia alguna en reencarnar un personaje femenino, ni lo contrario, los hombre calzaban tacones, y la diferencia entre una falda y unos calzones no siempre era muy acentuada. De tanta libertad sexual nos estamos creando otra religión del sexo y de los sexos.
¿Qué hacía yo en Sevilla? O más bien qué hacía de secundario después de venir a toparme con esta bufanda marrón. Iba al centro de las tres culturas. Íbamos treinta personas a saber qué pasó con los judíos del norte de Marruecos en los últimos dos siglos, por qué y a dónde se dispersaron. Tal como mi bufanda que llegó a mis manos por casualidad y por causalidad y después la perdí para que llegase al cuello de otro. Una bufanda también es un riesgo y es un peligro, puede facilitar la estrangulación de uno mismo, si alguien decide matarnos. La bufanda ya está preparada para la estrangulación, ya sea si uno se la pone de la forma corriente y un extremo de la búfana da a la espalda y el otro al torso, o si uno se la pone en forma de nudo como si fuese una especie de corbata, o hasta los que se la llevan sin nudo con los dos extremos paralelos sobre el pecho y la barriga, siempre puede ser un peligro. Aunque no me acuerdo ahora de ninguna película en la que alguien fue estrangulado con una bufanda. La connotación cálida del objeto obstruiría tal uso común.
Un año difícil venía detrás mía, en el frio español del mes de Noviembre venia a encontrar algo, alguien. El año empezó con la muerte inesperada de mi mejor amigo Alan, que decidió operarse del estomago para adelgazar y siguió en el otoño, en la fiesta de Sukot, con la muerte de mi hermana. Entre las dos ocurrencias vendí mi casa de veintisiete años, vendí el sueño de vivir en una casa vieja con techos altos y muy cara de mantener, y me mudé a una casa burguesa. Los sueños mueren de golpe. Sueños que mueren al por mayor. Una bufanda era lo que necesitaba.
Siento una gran tristeza en este momento, en este momento sin bufanda. Aunque ya he vuelto de Madrid y ya no tengo frio, no tanto frio que me daban dolores de espalda después de andar media hora por las calles que siempre me gustaron de la ciudad. Es la misma tristeza que sentí antes de encontrar la bufanda, la bufanda que apaciguo ese dolor aunque no puedo con él. En ella me podía preguntar de quien fue antes de llegar a mi cuello. Parecía relativamente nueva, así que probablemente tuvo un dueño, tal vez fue un regalo, como las mías, tal vez dos dueños. ¿Hombre o mujer? Pudo haber sido de cualquiera, de un funcionario o de un mafioso. Las bufandas no son caras aunque sean de marca, y hasta un funcionario o un parado se la puede comprar sin tener que ajustarse el cinturón. Tal vez fue la bufanda de una prostituta, la que se ponía el día que se encontraba con su amante de verdad para pasarse por una post adolescente normal y corriente, tal vez ni su novio sabe nada de su trabajo, ella le dice que trabaja en una oficina en las afueras de la ciudad, así no hay miedo de que venga por ella sin avisar. Una de tantas, o que responde a llamadas telefónicas. Puede que fue la bufanda de un hombre de negocios con grandes empresas, con un buen Saab o un Mercedes, tal vez se la regalo su mujer o su amante o su hija o su nieta, una bufanda puede venir de cualquiera. Tal vez la compró un señor o una señora en el corte inglés porqué empezaba a dolerle la garganta y tenía frío.
Mueren, muchos conocidos. Me fijo en que llegan noticias de otros muertos, nacidos entre 1955 y 1960, amigos de hace años, de uno me entero al encontrarme después de años con su mujer, me lo cuenta como la que cuenta una anécdota, no llego recordar o ni sé si seguía casada o ya se había divorciado antes de su muerte. Murió de pronto, de un infarto en un viaje de negocios, después de un día de esquí. Fue uno de mis mejores hace veinte años hasta que un día me dijo que era alguien muy malo y que no quería verme más. No entiendo muy bien por qué algunos tienen que acabar las cosas tan mal o justificar el dejar de querer verte. A mí me parece normal que hay amistades, algunas intensas, que simplemente tienen que acabarse, para abrir puertas a otras. La nuestra fue intensa durante cinco o seis años, llegué a convencerlo que dejase un año de trabajar en sus negocios para escribir el libro soñado. Lo hizo, y escribió dos, después por lo visto (cuando se publicaron ya lo había perdido de vista) se dio cuenta que la escritura era un camino largo hacia la pobreza, y prefirió vivir rico y morir joven en un país extranjero. Digo que así lo prefirió porque uno decide su vida y su muerte. Otro que murió hace un año, compositor, nacido en 1957, que fue muy amigo mío también por esa época universitaria. Lo descubrí en la solapa de un libro que escribió, en esos paréntesis tan finales (1957-2009), el segundo número es siempre un final brutal, sin posibilidad de cambiar ya nunca. En el libro descubrí que se había convertido en rabino y en el libro mezclaba kabalá con música. No conozco ni he conocido tanta gente para que tantos mueran en un espacio de un año, ¿estaremos ya todos destinados y condenados a morir jóvenes? Somos una generación de grandes cambios, los nacidos entre 1955 y 1960, los primeros que recibieron cantidades enormes de antibióticos y de vacunas, los primeros en vivir en una alimentación industrializada, somos la segunda generación después de la guerra grande, que creó una generación previa que se va descubriendo como la más egoístas de todas, una generación, la de después de la guerra, que se ha otorgado pensiones sin querer tener hijos, que solo ha pensado en su bienestar material como si el mundo alrededor no existiera y que no ha pensado en un segundo en las generaciones que todavía tienen que vivir en este planeta. Y es una generación que vive y vive y no quiere dejar de vivir y sigue viviendo y recibiendo enormes cantidades de dinero que no deja ya nada de la seguridad social. Tal vez hasta se lo merecen, después de esa guerra, pero tal vez eso también nos está matando, si la generación 1 después de la guerra no muere y deja sitio a los otros, entonces los que mueren son la generación 2, generación angustiada por el poder adquisitivo en su futuro, angustiada por la posibilidad de vivir una vejez tranquila, ¿Quién dejó a quien sin bufanda? La generación 3 ya ha nacido a otra realidad y solo piensa en su futuro más inmediato, nosotros seguimos pensando en qué mundo vamos a dejar a nuestros descendientes, nada genial, nada genial. En Grecia y en EE.UU. las nubes han empezado a caerse en estas dos economías tan distintas, que sin embargo tienen en común la imposibilidad de que estas dos generaciones sigan a este ritmo. Es imposible retirarse a los sesenta años y seguir viviendo treinta años más sin que uno tenga por lo menos cinco hijos, por algún lado esto tiene que explotar. Esto está explotando.
2.
El restorán se llama Papagayo. Llovía. Mucho. Muchísimo. Alan se abrigaba con una bufanda naranja. Le gustaban colores extravagantes. Alan estaba nervioso, y como no lo iba a estar si le quedaban tres semanas de vida. De alguna forma yo lo sabía, como se sabe de antemano que algo malo va a pasar, se sabe. No sabemos cómo se sabe pero se sabe. Sin embargo intentaba calmarlo, intentaba ser optimista, aunque yo no estaba de acuerdo con esa operación. Tal vez debía haber intentado disuadirlo, tal como lo hice dos años antes. Pero Alan había engordado diez kilos más en menos de un año, y creo que ya se acercaba a los ciento cincuenta. Esa misma tarde entraría en el hospital y la operación se haría el día siguiente. Eran ya más de las tres, y antes discutimos donde comer. Pensamos en el humus, o la humusería, de Talpiyot, o en Pinati que estaba cerca en la calle Yad Jarutsim. Pero parecía demasiado barato para un día así. Él me decía donde quieras tú y yo le decía lo mismo, estábamos en su coche, un coche de la empresa en la que trabajaba desde hacía cinco años. Un Hyundai i30 de color gris metálico. Llovía y Alan llevaba en su coche unas bolsas con víveres a casa de su hija. Llegamos. Abu Tor. Bajó la pareja de la hija y se dijeron algunas palabras que no recuerdo y él subió las bolsas. Después dimos media vuelta hacia el restorán. No aparcamos a unos cien metros de este pero Alan tenía dificultades para respirar y llovía. Mucho. Muchísimo. Hacía frio. Era el mes de febrero, su último mes de febrero. Al final fue él el que decidió ir a Papagayo. Nunca había estado. Aunque le gustaban los restoranes de carne. Papagayo es un restorán brasileño que sirve barbacoas y tiene un menú sin limitaciones de toda la carne que quieras. Recomiendo su entrecote. A pesar de la hora tardía para los israelíes, el restorán no estaba vacío. Cuatro mesas todavía seguían en su almuerzo. El restorán es espacioso, aunque un poco austero. Mesas de madera de color oscuro, entre el gris y el negro. Al final de la aula las carnes que salen hacia los clientes. Le propuse el menú completo pero Alan no tenía hambre, yo tampoco tenía mucha hambre, aunque de vez en cuando me viene bien una dosis de proteínas animales en mi régimen casi vegetariano. Durante años no toqué la carne, pero al final me di cuenta que tiene las proteínas que mi cuerpo mejor reconoce. Después de mi infancia de dos platos de proteínas animales diarias, mediodía y noche. El cuerpo recuerda. Alan nació en Israel pero pasó su infancia en Sudáfrica, su padre era un buen racista rico que odiaba a los negros y que no le dejo nada de herencia al morirse de un infarto a los sesenta y seis años. Cuando murió su padre le obligué a Alan a ir a su entierro a decir kadish. Le llevé al aeropuerto y le metí en el avión. Casi por fuerza. Sus padres se divorciaron cuando tenía diez años y dos años después volvió a Israel con su madre. En Sudáfrica comía mucha carne, su padre era también un gran amante de las barbacoas. Aquí menos. Cirugía de reducción de estómago, así se llama. Parece algo simple. Lo recomiendan a menudo. Sin embargo Alan tosía mucho ese día, más que lo mucho que tosía ya en los últimos meses y que por eso hasta había dejado de fumar los purillos que fumábamos juntos. Yo le pregunté si eso lo sabían los médicos, y dijo que sí, que era de pensar que los médicos sabían qué estaban haciendo. Le pregunte por enésima vez si tenía algún problema del corazón y dijo que no, aunque unos días después me enteré que sí por algo que dijo su mujer, en ese momento todavía era su mujer. Hoy es su viuda.
Su hija va a venir esta tarde. Hace un mes que ha muerto. Su hija estaba en el mismo jardín de infancia que mi hijo. Los dos tienen ahora 24 años, misma edad en la que yo me casé, ahora se casan más mayores. Estadísticamente. Conocí a Alan por su hija, hace unos veinte años. Era justo después de que se separó de su mujer. Venía con su hija a mi casa y su hija se iba al cuarto a jugar con mi hijo. Él se sentaba en el salón y no decía nada. Durante meses lo único que intercambiamos era un hola qué tal como estás, y qué haces, ya no pintaba. Había pintado y estudiado pintura y hasta dio clases, tuvo varias exposiciones. En Israel y fuera del país, creo que en Irlanda y otra en Nueva York o en Londres. No lo sé muy bien. Nunca habló mucho de sus éxitos en esa época. Tal vez se puede encontrar su nombre como uno de los jóvenes pintores jóvenes prometedores de su época. Fueron olvidándolo, él mismo fue olvidándose.
Los personajes que son pintores en mis libros están todos basados en él. Yo, durante años, le dije que debía volver a pintar, que se podía vivir de eso. Pero él no me creía. Un mes de Agosto en la calle rakebet, donde alquilaba un pequeño apartamento rodeado de arboles pintó cinco o seis cuadros casi últimos. Era en 1993. Después lo único que creo era portadas para mis libros. A veces hablaba de pintar después de jubilarse. Eso ya no ocurrirá. No.
Se acabó.
Se acabo la vida de Alan. Para los niños siempre dibujaba animalitos imaginarios que se llamaban por lo general chirpaletas, a veces eran también chirpalezas o chirpetas. Mis hijos crecieron con muchas chirpaletas y siempre sonreía a dibujar para los niños.
No, no intenté disuadirlo. Debía haberlo hecho. Por lo menos debía haber intentado. Pero Alan se sentía muy mal y siempre estaba muy cansado, así que cuando vino hace unos meses y dijo que había tomado una decisión y que no tenía más remedio. Me callé.
"Es que si no lo hago ahora puedo morirme en cuatro o cinco años."
Fueron sus palabras. Cinco años. Cinco años ahora parecen muchos años, Alan. Parecen el infinito. Cinco años.
Ahora leo, diez por ciento de complicaciones, uno a dos por ciento de casos de muerte. Gracias medicina moderna. Gracias.
No, nunca pensé en escribir este libro. Tal vez por eso sea urgente. Me llama. El libro me llama.
Atalia, amiga intima de Alan me dijo justo antes del entierro que lo único que le vino a la cabeza al oir la noticia fue la palabra MERDE. Tan poliglota como yo, creo que es la palabra adecuada, la más adecuada. Merde es mierda pero no es solo es, es Merde. Bueno, es lo que es. Es un grito contra la injusticia, contra el mundo, contra la muerte. Muerte merde. Smrt, merde! Una vez me dijo que Atalia era su alma gemela y que si fuese más joven se hubiese casado con ella, le lleva (¿le llevaba?) unos quince años.
El libro me llama. Llamas. Llamás. Ya más. El libro me llama.
A lo mejor escribes sobre eso, me dijo un amigo. A lo mejor te sale algo. Como si con el hecho de escribir el escritor recibe un premio en forma de consuelo. Pero no. La escritura no es ni consuelo, ni una terapia psicológica. La gente se equivoca. La escritura es creación de palabras. A veces para llenar el vacío. A veces para llenar el vacío que dejan los muertos. Alan muerto. Me voy acostumbrando a la idea. Pero es que se puede uno acostumbrar a la idea de la muerte. Nosotros vivimos en la vida, y a la gente que conocemos las conocemos cuando viven, por lo tanto no conocemos a la muerte y no podemos concebir la muerte y la muerte no existe. Algo se acaba, ya no beberé
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