28/12/11

Bufanda Blues - extracto de Novela





Trilogía MADJLM: Un escritor judeoespañol llega a Madrid a un encuentro de hispanojudíos, justo después de la muerte de su mejor amigo y de su hermana. En Sevilla encuentra una bufanda que dura en su cuello 13 días y que tal como llega a él desparece y se pierde en Madrid. La bufanda se convierte en una obsesiva reflexión sobre lo que se pierde y la despedida de las cosas y de las personas. El escritor se despide de los muertos pero también de todas las personas que no ha sido y que y nunca será. Se despide de los sueños. Mientras vienen a su encuentro judíos hispanos que llevaban 150 años perdidos en Amazonia y sobre los que ya había escrito diez años antes en una de sus novelas, ¿Habrá inventado esa realidad?, ¿Es la realidad fruto de lo que imaginamos?
La novela viaja entre países, Marruecos, Brasil, Nueva York, Israel, y lenguas: hebreo, francés, español, portugués y sobre todo jaquetía, el judeoespañol del norte de Marruecos que se empeña en seguir un muerto-vivo de una cultura que ya no existe, de la palabras y expresiones que dejan atrás un mundo perdido.


EXTRACTO

Mois Benarroch


BUFANDA BLUES







ISBN: 978-1-4710-2507-5

BUFANDA BLUES

Mois Benarroch


© Mois Benarroch

Cubierta: Lya Benarroch













1.
Encontré una bufanda en Sevilla y la perdí en Madrid. Una bufanda marrón claro, claro, Pierre Cardín. La perdí en Madrid, tal vez en el café Gijón. En el café Gijón suelo olvidar móviles, por lo menos tres veces he olvidado mi móvil en el café Gijón, pero esta vez fue una bufanda encontrada en Sevilla. La vi la última vez en el café Gijón, aunque tal vez la perdí en el corte inglés de nuevos ministerios cuando me puse los calzoncillos largos que me costaron 28 euros y que compré porque mis piernas se helaban. Nunca tuve más frio en Madrid que el día en que perdí la bufanda marrón. La encontré en un restaurante de la judería de Sevilla, cuando estaba con un grupo de marroquíes hispanos y fui el último en salir. Después del almuerzo me fui a beber un café italiano en la barra y al salir solo estaba mi chaqueta y la bufanda, que tal vez era de alguien otro que todavía estaba en el restaurante. Pero yo creía recordar que era de alguno de los treinta judíos que estaban conmigo, así que cogí la bufanda y fui pregonando a cada uno de los participantes que tenía una bufanda en mis manos y que buscaba a su propietario. Pero nadie dijo esa bufanda es mía. Volver al restaurante ya no podía y empezó a gustarme su calidez y la delicadez de su piel, ya me la puse alrededor de mi cuello y así se quedó dos semanas hasta que la perdí en Madrid. Tal vez en el café Gijón, tal vez en el corte inglés, tal vez por la castellana, o por la calle Orense, entre el café Gijón y la calle Orense.
Una bufanda siempre trae recuerdos. El primer recuerdo es una madre llevándola cálidamente alrededor del cuello en un día tibio, otros son los de las bufandas de las anginas de la adolescencia, inacabables, llenas de antibióticos y casi mensuales. Otras las bufanda de las amantes, rojas, siempre rojas, a veces sobre un jersey negro, tanta belleza, pocas veces en el cuerpo desnudo de la amada. Y me doy cuenta que no recuerdo nunca haber comprado una bufanda, siempre las encuentro en sitios inesperados o son regalos llenos de caricias de mujeres queridas, a veces de un amigo. A veces, es ¿te gusta esa bufanda? Pues quédatela. Las bufandas tienen casi siempre esa calidad de ser bisexuales, no se disputan referencias genéricas, cosa que hoy en día lo hace casi todo y que a pesar de lo que pensamos no siempre fue así, y las líneas trazadas entre hombre y mujer no eran tan claras, por ejemplo hace poco un actor masculino no sentía repudia alguna en reencarnar un personaje femenino, ni lo contrario, los hombre calzaban tacones, y la diferencia entre una falda y unos calzones no siempre era muy acentuada. De tanta libertad sexual nos estamos creando otra religión del sexo y de los sexos.
¿Qué hacía yo en Sevilla? O más bien qué hacía de secundario después de venir a toparme con esta bufanda marrón. Iba al centro de las tres culturas. Íbamos treinta personas a saber qué pasó con los judíos del norte de Marruecos en los últimos dos siglos, por qué y a dónde se dispersaron. Tal como mi bufanda que llegó a mis manos por casualidad y por causalidad y después la perdí para que llegase al cuello de otro. Una bufanda también es un riesgo y es un peligro, puede facilitar la estrangulación de uno mismo, si alguien decide matarnos. La bufanda ya está preparada para la estrangulación, ya sea si uno se la pone de la forma corriente y un extremo de la búfana da a la espalda y el otro al torso, o si uno se la pone en forma de nudo como si fuese una especie de corbata, o hasta los que se la llevan sin nudo con los dos extremos paralelos sobre el pecho y la barriga, siempre puede ser un peligro. Aunque no me acuerdo ahora de ninguna película en la que alguien fue estrangulado con una bufanda. La connotación cálida del objeto obstruiría tal uso común.
Un año difícil venía detrás mía, en el frio español del mes de Noviembre venia a encontrar algo, alguien. El año empezó con la muerte inesperada de mi mejor amigo Alan, que decidió operarse del estomago para adelgazar y siguió en el otoño, en la fiesta de Sukot, con la muerte de mi hermana. Entre las dos ocurrencias vendí mi casa de veintisiete años, vendí el sueño de vivir en una casa vieja con techos altos y muy cara de mantener, y me mudé a una casa burguesa. Los sueños mueren de golpe. Sueños que mueren al por mayor. Una bufanda era lo que necesitaba.
Siento una gran tristeza en este momento, en este momento sin bufanda. Aunque ya he vuelto de Madrid y ya no tengo frio, no tanto frio que me daban dolores de espalda después de andar media hora por las calles que siempre me gustaron de la ciudad. Es la misma tristeza que sentí antes de encontrar la bufanda, la bufanda que apaciguo ese dolor aunque no puedo con él. En ella me podía preguntar de quien fue antes de llegar a mi cuello. Parecía relativamente nueva, así que probablemente tuvo un dueño, tal vez fue un regalo, como las mías, tal vez dos dueños. ¿Hombre o mujer? Pudo haber sido de cualquiera, de un funcionario o de un mafioso. Las bufandas no son caras aunque sean de marca, y hasta un funcionario o un parado se la puede comprar sin tener que ajustarse el cinturón. Tal vez fue la bufanda de una prostituta, la que se ponía el día que se encontraba con su amante de verdad para pasarse por una post adolescente normal y corriente, tal vez ni su novio sabe nada de su trabajo, ella le dice que trabaja en una oficina en las afueras de la ciudad, así no hay miedo de que venga por ella sin avisar. Una de tantas, o que responde a llamadas telefónicas. Puede que fue la bufanda de un hombre de negocios con grandes empresas, con un buen Saab o un Mercedes, tal vez se la regalo su mujer o su amante o su hija o su nieta, una bufanda puede venir de cualquiera. Tal vez la compró un señor o una señora en el corte inglés porqué empezaba a dolerle la garganta y tenía frío.
Mueren, muchos conocidos. Me fijo en que llegan noticias de otros muertos, nacidos entre 1955 y 1960, amigos de hace años, de uno me entero al encontrarme después de años con su mujer, me lo cuenta como la que cuenta una anécdota, no llego recordar o ni sé si seguía casada o ya se había divorciado antes de su muerte. Murió de pronto, de un infarto en un viaje de negocios, después de un día de esquí. Fue uno de mis mejores hace veinte años hasta que un día me dijo que era alguien muy malo y que no quería verme más. No entiendo muy bien por qué algunos tienen que acabar las cosas tan mal o justificar el dejar de querer verte. A mí me parece normal que hay amistades, algunas intensas, que simplemente tienen que acabarse, para abrir puertas a otras. La nuestra fue intensa durante cinco o seis años, llegué a convencerlo que dejase un año de trabajar en sus negocios para escribir el libro soñado. Lo hizo, y escribió dos, después por lo visto (cuando se publicaron ya lo había perdido de vista) se dio cuenta que la escritura era un camino largo hacia la pobreza, y prefirió vivir rico y morir joven en un país extranjero. Digo que así lo prefirió porque uno decide su vida y su muerte. Otro que murió hace un año, compositor, nacido en 1957, que fue muy amigo mío también por esa época universitaria. Lo descubrí en la solapa de un libro que escribió, en esos paréntesis tan finales (1957-2009), el segundo número es siempre un final brutal, sin posibilidad de cambiar ya nunca. En el libro descubrí que se había convertido en rabino y en el libro mezclaba kabalá con música. No conozco ni he conocido tanta gente para que tantos mueran en un espacio de un año, ¿estaremos ya todos destinados y condenados a morir jóvenes? Somos una generación de grandes cambios, los nacidos entre 1955 y 1960, los primeros que recibieron cantidades enormes de antibióticos y de vacunas, los primeros en vivir en una alimentación industrializada, somos la segunda generación después de la guerra grande, que creó una generación previa que se va descubriendo como la más egoístas de todas, una generación, la de después de la guerra, que se ha otorgado pensiones sin querer tener hijos, que solo ha pensado en su bienestar material como si el mundo alrededor no existiera y que no ha pensado en un segundo en las generaciones que todavía tienen que vivir en este planeta. Y es una generación que vive y vive y no quiere dejar de vivir y sigue viviendo y recibiendo enormes cantidades de dinero que no deja ya nada de la seguridad social. Tal vez hasta se lo merecen, después de esa guerra, pero tal vez eso también nos está matando, si la generación 1 después de la guerra no muere y deja sitio a los otros, entonces los que mueren son la generación 2, generación angustiada por el poder adquisitivo en su futuro, angustiada por la posibilidad de vivir una vejez tranquila, ¿Quién dejó a quien sin bufanda? La generación 3 ya ha nacido a otra realidad y solo piensa en su futuro más inmediato, nosotros seguimos pensando en qué mundo vamos a dejar a nuestros descendientes, nada genial, nada genial. En Grecia y en EE.UU. las nubes han empezado a caerse en estas dos economías tan distintas, que sin embargo tienen en común la imposibilidad de que estas dos generaciones sigan a este ritmo. Es imposible retirarse a los sesenta años y seguir viviendo treinta años más sin que uno tenga por lo menos cinco hijos, por algún lado esto tiene que explotar. Esto está explotando.

2.

El restorán se llama Papagayo. Llovía. Mucho. Muchísimo. Alan se abrigaba con una bufanda naranja. Le gustaban colores extravagantes. Alan estaba nervioso, y como no lo iba a estar si le quedaban tres semanas de vida. De alguna forma yo lo sabía, como se sabe de antemano que algo malo va a pasar, se sabe. No sabemos cómo se sabe pero se sabe. Sin embargo intentaba calmarlo, intentaba ser optimista, aunque yo no estaba de acuerdo con esa operación. Tal vez debía haber intentado disuadirlo, tal como lo hice dos años antes. Pero Alan había engordado diez kilos más en menos de un año, y creo que ya se acercaba a los ciento cincuenta. Esa misma tarde entraría en el hospital y la operación se haría el día siguiente. Eran ya más de las tres, y antes discutimos donde comer. Pensamos en el humus, o la humusería, de Talpiyot, o en Pinati que estaba cerca en la calle Yad Jarutsim. Pero parecía demasiado barato para un día así. Él me decía donde quieras tú y yo le decía lo mismo, estábamos en su coche, un coche de la empresa en la que trabajaba desde hacía cinco años. Un Hyundai i30 de color gris metálico. Llovía y Alan llevaba en su coche unas bolsas con víveres a casa de su hija. Llegamos. Abu Tor. Bajó la pareja de la hija y se dijeron algunas palabras que no recuerdo y él subió las bolsas. Después dimos media vuelta hacia el restorán. No aparcamos a unos cien metros de este pero Alan tenía dificultades para respirar y llovía. Mucho. Muchísimo. Hacía frio. Era el mes de febrero, su último mes de febrero. Al final fue él el que decidió ir a Papagayo. Nunca había estado. Aunque le gustaban los restoranes de carne. Papagayo es un restorán brasileño que sirve barbacoas y tiene un menú sin limitaciones de toda la carne que quieras. Recomiendo su entrecote. A pesar de la hora tardía para los israelíes, el restorán no estaba vacío. Cuatro mesas todavía seguían en su almuerzo. El restorán es espacioso, aunque un poco austero. Mesas de madera de color oscuro, entre el gris y el negro. Al final de la aula las carnes que salen hacia los clientes. Le propuse el menú completo pero Alan no tenía hambre, yo tampoco tenía mucha hambre, aunque de vez en cuando me viene bien una dosis de proteínas animales en mi régimen casi vegetariano. Durante años no toqué la carne, pero al final me di cuenta que tiene las proteínas que mi cuerpo mejor reconoce. Después de mi infancia de dos platos de proteínas animales diarias, mediodía y noche. El cuerpo recuerda. Alan nació en Israel pero pasó su infancia en Sudáfrica, su padre era un buen racista rico que odiaba a los negros y que no le dejo nada de herencia al morirse de un infarto a los sesenta y seis años. Cuando murió su padre le obligué a Alan a ir a su entierro a decir kadish. Le llevé al aeropuerto y le metí en el avión. Casi por fuerza. Sus padres se divorciaron cuando tenía diez años y dos años después volvió a Israel con su madre. En Sudáfrica comía mucha carne, su padre era también un gran amante de las barbacoas. Aquí menos. Cirugía de reducción de estómago, así se llama. Parece algo simple. Lo recomiendan a menudo. Sin embargo Alan tosía mucho ese día, más que lo mucho que tosía ya en los últimos meses y que por eso hasta había dejado de fumar los purillos que fumábamos juntos. Yo le pregunté si eso lo sabían los médicos, y dijo que sí, que era de pensar que los médicos sabían qué estaban haciendo. Le pregunte por enésima vez si tenía algún problema del corazón y dijo que no, aunque unos días después me enteré que sí por algo que dijo su mujer, en ese momento todavía era su mujer. Hoy es su viuda.
Su hija va a venir esta tarde. Hace un mes que ha muerto. Su hija estaba en el mismo jardín de infancia que mi hijo. Los dos tienen ahora 24 años, misma edad en la que yo me casé, ahora se casan más mayores. Estadísticamente. Conocí a Alan por su hija, hace unos veinte años. Era justo después de que se separó de su mujer. Venía con su hija a mi casa y su hija se iba al cuarto a jugar con mi hijo. Él se sentaba en el salón y no decía nada. Durante meses lo único que intercambiamos era un hola qué tal como estás, y qué haces, ya no pintaba. Había pintado y estudiado pintura y hasta dio clases, tuvo varias exposiciones. En Israel y fuera del país, creo que en Irlanda y otra en Nueva York o en Londres. No lo sé muy bien. Nunca habló mucho de sus éxitos en esa época. Tal vez se puede encontrar su nombre como uno de los jóvenes pintores jóvenes prometedores de su época. Fueron olvidándolo, él mismo fue olvidándose.
Los personajes que son pintores en mis libros están todos basados en él. Yo, durante años, le dije que debía volver a pintar, que se podía vivir de eso. Pero él no me creía. Un mes de Agosto en la calle rakebet, donde alquilaba un pequeño apartamento rodeado de arboles pintó cinco o seis cuadros casi últimos. Era en 1993. Después lo único que creo era portadas para mis libros. A veces hablaba de pintar después de jubilarse. Eso ya no ocurrirá. No.
Se acabó.
Se acabo la vida de Alan. Para los niños siempre dibujaba animalitos imaginarios que se llamaban por lo general chirpaletas, a veces eran también chirpalezas o chirpetas. Mis hijos crecieron con muchas chirpaletas y siempre sonreía a dibujar para los niños.
No, no intenté disuadirlo. Debía haberlo hecho. Por lo menos debía haber intentado. Pero Alan se sentía muy mal y siempre estaba muy cansado, así que cuando vino hace unos meses y dijo que había tomado una decisión y que no tenía más remedio. Me callé.
"Es que si no lo hago ahora puedo morirme en cuatro o cinco años."
Fueron sus palabras. Cinco años. Cinco años ahora parecen muchos años, Alan. Parecen el infinito. Cinco años.
Ahora leo, diez por ciento de complicaciones, uno a dos por ciento de casos de muerte. Gracias medicina moderna. Gracias.
No, nunca pensé en escribir este libro. Tal vez por eso sea urgente. Me llama. El libro me llama.
Atalia, amiga intima de Alan me dijo justo antes del entierro que lo único que le vino a la cabeza al oir la noticia fue la palabra MERDE. Tan poliglota como yo, creo que es la palabra adecuada, la más adecuada. Merde es mierda pero no es solo es, es Merde. Bueno, es lo que es. Es un grito contra la injusticia, contra el mundo, contra la muerte. Muerte merde. Smrt, merde! Una vez me dijo que Atalia era su alma gemela y que si fuese más joven se hubiese casado con ella, le lleva (¿le llevaba?) unos quince años.
El libro me llama. Llamas. Llamás. Ya más. El libro me llama.
A lo mejor escribes sobre eso, me dijo un amigo. A lo mejor te sale algo. Como si con el hecho de escribir el escritor recibe un premio en forma de consuelo. Pero no. La escritura no es ni consuelo, ni una terapia psicológica. La gente se equivoca. La escritura es creación de palabras. A veces para llenar el vacío. A veces para llenar el vacío que dejan los muertos. Alan muerto. Me voy acostumbrando a la idea. Pero es que se puede uno acostumbrar a la idea de la muerte. Nosotros vivimos en la vida, y a la gente que conocemos las conocemos cuando viven, por lo tanto no conocemos a la muerte y no podemos concebir la muerte y la muerte no existe. Algo se acaba, ya no beberé









MINA , nueva novela de Mois Benarroch en Kindle





En una Jerusalén fría tres amigos crean un grupo literario: el pelirrojo, el sabra y el marroquí, así se llaman en la novela "Mina" de Mois Benarroch. Corren tiempos duros para la ciudad en los años ochenta del siglo veinte, pero la poesía sigue llenando el futuro de estos tres poetas-escritores que se encuentran todos los viernes en un teatro enorme donde el sabra hace guardia todos los fines de semana para ganarse su vida. Decenas de poetas entran y salen por ese teatro y crean y descrean el grupo Mar´ot, que vive entre la nueva literatura moderna, Borges, Cortazar, y una nueva literatura judía y hebrea. Los poetas y escritores se juntan y se dejuntan, se leen poemas y cuentos, se pelean y se reencuentran.

Mois Benarroch describe en esta novela una búsqueda que nunca se acaba en una prosa experimental y llena de saltos genéricos, navegando sin ningún rencor entre la poesía, el cuento corto, el microrelato y la novela, creando una literatura original y rompedora de límites y contracorrientes.

La trilogía MADJLM lleva su nombre de las ciudades Madrid y Jerusalém, y vive entre estas dos capitales, entre judaismo y cristianismo, entre los sefardíes y los israelíes, entres españoles y judíos.






Mois Benarroch http://www.moisbenarroch.com nació en Tetuán, Marruecos en 1959. A los trece años emigra con sus padres a Israel y desde entonces vive en Jerusalén. Empieza a escribir poesía a los quince años, en Ingles, después en Hebreo, y finalmente en su lengua materna, el castellano. Publica sus primeros poemas en 1979. En los años 80 forma parte de varios grupos de vanguardia y edita la revista Marot. Su primer libro en hebreo aparece en 1994, titulado "Coplas del inmigrante". Publica también dos libros de cuentos, varios libros de poemas en Hebreo , Inglés y Español, y cuatro novelas. En el 2008 es galardonado con el premio del primer ministro en Israel.
En España ha publicado el poemario “Esquina en Tetuán” (Esquío, 2000) y en 2005 la novela “Lucena” (Lf ediciones). En el 2008 la editorial Destino publica la novela "En Las Puertas De Tánger". Y en el 2010 Escalera publica "Amor y Exilios".


Es también traductor profesional y ha traducido al hebreo la novela "Los aires dificiles" de Almudena Grandes, y cien poemas de Bukowski, así como parte de la obra de Edmond Jabes, entre otros muchos novelistas y poetas.



La trilogía MADJLM (48 moros en una bicileta, Bufanda Blues, y Mina) son tres novelas que transcurren entre Madrid y Jerusalén, entre el mundo hispano y el mundo judío, entre la cultura sefardí y la cultura española.






EXTRACTO


Mina



MOIS BENARROCH






ISBN: 978-1-4710-2516-7

Mina

Mois Benarroch


© 2012, Mois Benarroch






Las editoriales rechazan mis manuscritos, las mujeres mis cortesías, los hombres mi amistad, las empresas no me dan trabajo, mi mujer no aceptó que pensará un poco más en eso de casarnos y ahora me rechaza el divorcio. Yo creo que hasta mis hijos alguna vez empezaron una carta por: Estimado Sr. siento no poder aceptar su semen a pesar de ser de buena calidad. Tengo varias propuestas y como usted puede entender solo puedo aceptar una…











¿Cómo se empieza un libro?
¿Cómo se llega a la frase inicial?
¿Cuántos escritores no llegaron a esa frase?
¿Cuántos libros no se escribieron a falta de ella?
Podríamos empezar por:
Éramos tres escritores en un país surrealista, un grupo literario como muchos en la historia de la literatura.
Sí, podríamos empezar así. No está mal, no está del todo mal.
Os podría contar que llevo siete meses empezando este libro, ¿novela? Que me pasé muchos días, semanas, sólo brotando dentro de mi si escribía este libro en hebreo o en castellano. Menos mal que no pensé en otras lenguas hasta llegar a esta decisión de escribir en castellano. No pensé mucho en el inglés, que se queda en una lengua de poesía, aunque a veces me dan ganas de meterme con el francés y escribir una novela en esa lengua, meterme con Gustave y con Proust. Pero eso ya es divagar, la guerra se llevaba en mí entre el castellano y el hebreo. Ya no sé qué responder cuando me preguntan en qué lengua me es más fácil escribir. Por un lado tengo la impresión que es más fácil escribir en hebreo, porque es la lengua en la que vivo, y puedo captar frases, leer frases en el periódico, u oír las noticias y eso a veces se mete en el libro que escribo. La fase de escribir te hace hipersensible a toda clase de incitaciones verbales que se convierten en parte de la trama, o a veces en la trama. Pero, lo que pasa es que tengo ya manuscritos en hebreo sin editoriales, ya muchos, y no es lo mismo que lo que me pasa en español. Me parece una mala razón, o, peor, que me estoy mintiendo y no es esa la razón del todo, que hay otra capa que no quiero o no llego a tumbar. Busco más razones, debería haber más. O a lo mejor se pasa uno la vida buscando y rebuscando cuando las razones son simples y es muy simple que si tengo la posibilidad de elegir y en una lengua publico mis libros y en la otra no, pues lo normal es que elija la lengua en la que publico. ¿O no? O es que uno tiene que hacerse el mártir y volverse loco. Lo de loco es lo mejor, desde que me dieron el premio, y fíjate, que el premio es por mi obra en hebreo, está aclarado en las bases, que no consideran obras en otras lenguas, desde que me dieron el premio hace ocho meses, nadie ya ni me habla, todo lo contrario de la lógica. Pero es que me lo esperaba, no esperaba que de pronto las editoriales israelíes fueran a buscarme, pero a pesar de eso todavía tenía una esperanza de que las cosas fueran a cambiar. Es que ya ni me hablan, unas pocas acusan recibo del manuscrito, y después ni me responden, ni oigo de ellas, las más cordiales me llaman y me dicen que es interesante pero que no lo quieren publicar. Y dentro de eso hace dos meses y cuatro días por fin firmé contrato para publicar mi obra "Amor y exilios", mi obra más extensa, escrita sólo en castellano, sin versión en hebreo, como en el caso de las puertas de Tánger que tenía dos versiones. El libro se publicará en unos meses y es mi libro más largo, unas 600 páginas. Nunca pude escribir algo tan extenso en hebreo, me quedo corto, me acabo antes de las 200 páginas, me apago. Entonces es normal que uno escriba en su lengua materna, a pesar de todas las dificultades, ¿No? Sin embargo me quedo con esa tristeza de no ser leído por mis vecinos, me quedo con esa tristeza que las razones de lo que me está pasando son razones malas, que vienen de la maldad del ser humano, del racismo, de la envidia, de la opresión, de la mala leche.
Entonces, esto está arrancando, sea como sea, en la lengua que sea.
Éramos tres: el uruguayo, o el pelirrojo, que se llamaba Rafalsky, el otro, Senderi, el sabra, y yo, el marroquí, y el que por razones raras siempre oía que no tenía pinta de marroquí. Tres poetas, tres escritores, porque los tres escribíamos prosa y poesía, alrededor de una revista, en un país surrealista.
Nos encontramos en la universidad hebrea de Jerusalén a finales de 1980, o tal vez principios del 81. El pelirrojo me cayó bien desde el primer momento, pero el sabra me cayó muy mal por su egocentrismo y su vanagloria. Hoy, casi treinta años después sigo siendo amigo del sabra pero hace quince años que no veo al uruguayo.
Nos encontramos a través de Eli Chitrit, estudiante de filosofía y teatro que conocí cuatro años antes en la facultad, cuando estudiábamos los dos física y matemática. Entré antes de la mili a la universidad por insistencia de mi madre y porque terminé el bachiller a los dieciséis años y medio, y me quedaba un año libre antes de entrar en la armada. Ese año estudie con mi hermana que es mayor que yo en un año, y que hoy tiene cáncer. La situación no era muy cómoda, pero esta semana se acordó que una tal Keren que estaba enamorada de mí, pero yo ni fu ni fa, no me acuerdo de ella del todo. Porque en ese año yo estaba en otro mundo, el de las letras. Los dos últimos años del bachiller casi no llegué a escuela, escribía diez poemas diarios, todos en inglés y solo podía concentrarme en mis poemas. En la mili también escribí mucho, en hebreo, pero no me acuerdo donde están esos poemas. Miles de poemas. Mejor no saber donde están. Y no porque eran malos, tal vez hasta eran mejores que los que escribo hoy, es porque los poemas te piden tu atención y nunca ceden, sobre todo si no se han publicado, menos cuando por alguna razón misteriosa desparecen y se olvidan.
De los tres el único que tenía una verdadera experiencia sexual, aunque no sé si tan buena, era el pelirrojo. Yo era virgen, o más bien me consideraba ya impotente, porque había intentado follar en dos ocasiones sin que se me parara, casi creándome la imposibilidad de ligar. Y el sabra hablaba de alguna que otra mujer de la cual había estado enamorado en le mili, pero no estaba muy claro que las había follado. En esos días escribió un cuento fabuloso sobre un soldado que va a ir a la guerra pero que todavía es virgen y de pronto se da cuenta que tal vez va a morirse sin conocer mujer. He leído de padres que al saber que sus hijos habían muerto en la shoah la pregunta me más les inquietaba era saber si habían tenido relaciones sexuales, sintiéndose muy aliviados al oír que sí.
El pelirrojo vivía a cuesta de sus padres con la excusa de que estudiaba literatura, y nosotros dos también estudiábamos literatura, ellos hebrea y yo inglesa y sudamericana. A veces se llevaba a las chicas de la calles a la cama en unas horas, su técnica era apuntar con el índice a una mujer y decirla
"Tú."
Cuando la mina se daba la vuelta (porque así las llamaba, minas y no chicas ni pibas), y le miraba, repetía:
"Sí, tú, tú…"
Y de ahí empezaba a hablar de cualquier cosa. Se liaba con muchas mujeres y embarazo dos o tres, pagando los abortos con el dinero de su padre abogado que la había dejado un vez en la cárcel dos días para que aprendiera, no creo que se daba cuenta que en esa época de generales el que casi aprendió la lección fue el.
Esto está arrancando. ¡Qué alivio! Cuando uno no puede escribir la idea de una frase bien formulada parece la cosa más imposible, inaccesible, del mundo. Y de pronto corren las palabras, como dictadas, tal como cuentan los poetas místicos, como dictadas por una voz.
Éramos tres, pero no siempre fuimos tres, al principio, antes de que yo llegué con mi cuento "24 horas de la vida de un loco" ellos eran cuatro. El pelirrojo, el sabra, Smadar y Ardebas, un armenio que vivía con su familia en la iglesia armenia de la calle Emek Refaim y escribía en inglés. Smadar, mayor que todos nosotros, nos llevaba cinco o seis años, se había divorciado de un erudito bíblico ruso que se convirtió al cristianismo y se fue a vivir en un convento. En su casa, creo que solo estuve en su casa una vez, abundaban los libros de teología. Grandes tomos que uno se preguntaba quién los podía leer. Era también la única de nosotros que ya habían publicado un libro, una especie de libro de poesía en prosa mezclada con teología y filosofía. Siempre hablaba, tal como el sabra, en un tono muy convencido, un tono tan diferente de mis vacilaciones incansables, siempre tan seguros de sí mismos. Ella era también sabra, y siempre esa seguridad de los sabras me ha llamado la atención, ese saber, ese tener razón siempre. Entre el sabra y ella se tramaba una relación de entre amor y odio, amor y respeto, aprecio y desprecio. Muy a menudo se peleaban y no hablaban durante meses, para volver a ser los mejores amigos. Ellos cuatro sacaron el primer número de la revista, que se llamaba Mar´ot, lo cual quiere decir en hebreo visiones y espejos, y hasta visiones y alucinaciones proféticas. Los espejos los trajo el pelirrojo de la literatura argentina, de Borges y de Cortázar, que citaba a menudo y fue él el primero que me introdujo a los textos de estos dos escritores y de otros con Onetti y Girondo, y me abrió las puertas a muchos autores y poetas sudamericanos que me han marcado para toda la vida.
Los espejos se convertirían rápidamente en visiones.
En el número uno de la revista que duraría seis años, publiqué un poema que hablaba de rodillas dañadas, poco sabía yo entonces de que mi mujer padecería dos operaciones en las rodillas durante nuestro primer año de casados. No es un caso raro en mi vida, recuerdo que con el pelirrojo jugábamos (pero muy en serio) a escribir poemas con la técnica surrealista de cada uno escribía un verso sin saber los que escribía el otro, y muy a menudo hasta rimábamos, me pregunto dónde estarán esos poemas, y en el 82 unas semanas antes de que explotó la guerra del Líbano escribimos un poema en el que aparecían los cedros del Líbano quemados. Aunque tal vez las cosas no fueron tan implacables, ni tan llamativas, y por casualidad salió la palabra Líbano. La memoria, ese es en realidad el tema de todos mis libros, de qué nos acordamos, qué es verdad y qué no lo es. La gente cree o creerá que yo escribo sobre Marruecos o sobre el exilio, pero en realidad lo que quiero saber y lo que quiero saber a través de lo que escribo y de que me acuerdo cuando me acuerdo de ir a la escuela judía en Tetuán.
Para el numero dos ya éramos cinco, Ardebas se fue y llegaron Jules Amoyal, y Amit Shitay, los dos duraron un solo numero y después ya fuimos tres hasta el número seis. Y se acabó la revista, era el año 1987. Por lo tanto este relato va del 1981 hasta el 1987. Una época crucial en la vida de Jerusalén. Y de mi vida. En esos años me casé, tuve mi primer hijo, escribí diez novelas, dejé justo la literatura y me fui a estudiar medicina natural (entre el año 1987 y el año 1990), tuve muchos amigos, y creo que muchos enemigos que hasta ahora siguen siéndolo. Fueron los años de la guerra del Líbano, y me movilizaban a menudo, lo que en Israel se llama Miluim, cosa que me enloquecía durante meses, y que siempre intentaba deshacerme de mi obligación. Tuve la suerte de no llegar al Líbano nunca, ni pasar la frontera. La primera vez fue pura suerte porque nos movilizaron para la guerra un sábado de noche y llegamos a Nahariya la mañana siguiente, estaba en una unidad de tanques y estábamos preparándonos para entrar en el Líbano cuando llegó la orden de que nuestra unidad subía a Ramat Hagolan, a la frontera con Siria. En ese momento todavía se creía que la guerra se expandiría a Siria. Por suerte estuvimos en la frontera durante tres semanas y no pasó nada. Unos meses después intentaron otra vez meterme en el Líbano y esta vez de verdad pero yo me fui al psiquiatra y le metí un buen lío de madre opresora mezclado con hermano muerto, y con la seguridad que tenía de que me iba a morir si entraba en el Líbano. La trama, muy Freudiana fue convincente y me liberó de unidades del frente y me puso en una unidad de guardia civil, después guardaba la entrada en el muro de lamentaciones. Allí vi. Por primera vez uno de los milagros de Jerusalén, de cómo cada amanecer la explanada del muro se llena de pájaros, tal como podría describirlo Ibn El Arbi o el rey Salomón.
Estamos arrancando sin saber muy bien el camino que vamos a tomar, ni la meta de este viaje, aunque siempre la primera meta de un viaje es dejar algún sitio, deshacerse de una seguridad, desprenderse de algunos objetos, alejarse de ciertas personas. O no es solo la primera meta, tal vez sea la única.
Del pelirrojo oí decir que tuvo cáncer, pero nunca le vi después de la enfermedad o tal vez si, no estoy seguro, desde un colectivo (también así lo llamaba, en vez de autobús), y tenía todos los pelos blanco, sé que se convirtió en rabino y la última vez que lo vi fue de familia en Natanya, reímos como siempre pero ya no teníamos mucho de qué hablar, se había vuelto en un religioso de los duros, aunque no perdía el humor sudamericano. Después oí por el sabra que tuvo problemas en una yeshivá porque le dio por ligar a alguna jovencita, suena demasiado verídico para serlo, pero todo es posible. Yo creo que la última vez que lo vi era en el 92 o el 92, ya hace más de quince años. A veces sueño con él, como sueño con todos los amigos y conocidos que son importantes en mi vida. Considero al sueño como el más profundo contacto entre dos personas, cuando sueño con alguien sé que ese alguien es importante en vida, y sé que lo conozco de una vida anterior.
Pero a eso del 82 o el 83 la revista Mar´ot se convirtió en una serie de discusiones muy serias sobre lo que debía ser una escritura judía, una literatura judía. Por entonces considerábamos todos a todo lo escrito en Israel como algo importado de la literatura europea, sin rasgos de originalidad. Sobre todo empezamos a leer los textos hebreos originales, para profundizar la lengua. Desde el midrash, el hebreo del talmud que en su mayoría está escrito en arameo, o los mismo con el zohar y los textos cabalísticos del Ari, los cuentos de Rabbi Najman de Braslau, y todo lo que se escribió en hebreo antes del sionismo. Curiosamente creo que el empuje vino otra vez de la literatura sudamericana y una frase que dijo García Márquez (o tal vez fue alguien otro) que una literatura en castellano empezaba por la lectura de Quijote (que ya va siendo hora que lea del principio al final). Algo que nos parecerá hoy evidente pero que hasta mediados del siglo veinte no lo era, ya que los poetas y escritores sudamericanos leían más a los franceses que a los españoles. Lo mismo creo que pasaba y pasa con la literatura israelí y los escritores leen más a los rusos, y a los alemanes, y a los ingleses, un poco menos a otros europeos, y casi no conocen los textos hebreos originales. O si los conocen se limitan a la Biblia o a una lectura no literaria que no llega a penetrar y a cambiar la literatura israelí que se ha quedado en un estado de copia, sobre todo de la novela realista de finales del siglo diecinueve, con algunas excepciones de copiadores malos de García Márquez.
No sé hasta qué punto esto puede interesar a un lector hispano, aunque ya veo la cara de ese que dice que es lo más interesante, que sí quiere saber más sobre literatura israelí y que no entiendo porque Amoz Oz es tan famoso, porque no le gusta. Bueno, ya volveremos. Tal vez. Si las cosas lo deciden. Si se ketbea.
Esto está casi arrancando. Aunque no hay que fiarse de nada, todo se puede calar en cualquier momento, como el Renault 4 que mi padre compró al vender el Simca, ¿Alguien todavía se acuerda del Simca? Creo que se llamaba el mil, el Simca 1000.
Principios del 81 el sabra entró a trabajar en Binyanei Hauma, teatro a la entrada de Jerusalén. Su trabajo consistía en ser guardia todos los fines de semana, desde el viernes a las cuatro hasta el domingo a las ocho de la mañana, y dormía allí. Tenía a su disposición la parte de las oficinas, pasillos largos e inacabables que daban a salas y cuartos, uno tras otro. Su trabajo consistía en dar un paseo de unos diez minutos cada dos horas para ver si nadie se había infiltrado para robar o, lo que a veces pasaba, para dormirse en una butaca del la sala de espectáculos enorme, una de las más grandes del país (surrealista). Así que en realidad el sabra tenía muy poco que hacer y cómo se sentía solo tantas horas, y yo diría que hasta sentía miedo, invitó al pelirrojo a pasarse los viernes con él y a cenar juntos. El sabra venía con un Humus fresco que compraba en Pinati o en Taami, las dos Humuserías más conocidas de la ciudad moderna, pitas y a veces arroz o algo otro. Los dos se pasaban las cenas comiendo el Humus y repitiendo lo duro que es la vida. Eso iba así:
El pelirrojo partía un pedazo de pita, lo untaba en el humus y decía:
Hmmmm… ¡Qué dura es la vida!
Entonces el sabra hacía lo mismo y decía
Hmmmm… ¡Qué dura es la vida!
Y el ritual casi religioso seguía así durante todo el humus, una media hora. Después empezaban a hablar, a contar cosas y a leer textos. Las pocas veces que yo comí con ellos seguí el ritual, y dije como se debía Hmmmm… ¡Qué dura es la vida! Pero creo que eso no pasó más que un par de veces.
En pocas semanas el sitio se convirtió en un local de tertulias literarias, primero venía Zmira, que yo había introducido al grupo. A Zmira la conocí en un taller literario dirigido por Yaacob Besser, poeta y editor de la revista 77. Era mayor que todos nosotros, una mujer muy sensual y atractiva de unos 45 años, creo que venía a seducirnos, a convencernos gracias a sus pechos que escribía buena poesía. Aunque todos estábamos convencidos que a lo hacía, sin ninguna relación con su cuerpo esbelto. Estaba casada por segunda vez, cosa más bien rara en esa época, y tenía una hija de cada marido. Escribía poemas largos y muy místicos en los que mezclaba hebreo moderno con hebreo bíblico y era descendiente de una familia de rabinos cabalísticos y de una poetisa mística judía de Bagdad, venía de una familia ilustre de abogados y hombres de comercio iraquí, que en su mayoría se habían quedado sin nada al llegar a Israel, aunque algunos se habían repuesto un poco más tarde. Estaba casada con un judío alemán que trabajaba en la censura.
Al principio yo iba los viernes por la tarde, y después me iba a mi casa cenar con mis padres. Eso cambio y las tertulias empezaban después de la cena, a eso de las 10 de la noche cuando llegaba yo, a veces Zmira ya estaba allí, pero por lo general llamaba a eso de las doce y preguntaba si todavía valía la pena venir. Tres jóvenes y una mujer casada en un teatro enorme. Aunque que yo sepa no folló con ninguno de los tres, o tal vez sí. A nosotros cuatros se juntaban otros menos fijos, estaba Dror Gabriel, medio fanático religioso que no viajaba en Shabbat y medio poeta inspirado. Venía andando de su casa, a veces en días de lluvia y sin paraguas, porque decía que estaba prohibido. Aunque la religión no prohíbe el paraguas, pero si prohíbe abrirlo el Shabbat bajo los cielos, se puede abrir antes de salir debajo de un techo y después ir con él. Recuerdo muy bien que recitaba de memoria decenas de páginas de Agnon (único premio Nobel de literatura israelí, yo seré el segundo).
Smadar venía a veces, y creaba tensiones con el sabra, y a veces discusiones teológicas duras con el pelirrojo, con los otros no llegaba a conectarse. Y había muchos otros que llegaban una sola vez y no volvían o volvían cada seis meses. A veces hasta llegaban poetas de Tel Aviv y a veces llegaban algunos más conocidos que habían publicado un par de libros y eran mayores que nosotros.
Por entonces, entre encuentros literarios, conocí a Sophie, había llegado al país siete meses antes, escapándose de una vida hipersexual en Paris, y nos convertimos en amigos antes de convertirnos en amantes. Al principio me contaba sobre sus machos, pero después hablábamos sobre todo de cine y literatura. Yo me enamoré de ella desde el primer momento pero después de nuestra primera cita ella se asustó, y no sabía muy bien qué hacer de mí. Como me contó unos meses después, estaba acostumbrada a hombres muy diferentes de mí, a hombres potentes que decidían por ella o de los que aprendía a ser mujer. Me gustaba como se movía en el mundo, con una fineza mezclada de sexualidad sin ninguna vulgaridad. Con ella perdí mi virginidad. Me excitaba cuando me contaba sobre sus amantes en Paris, sobre cómo se prostituyó unos meses porque necesitaba dinero, y como casi fue actriz en una película porno. Creo que yo la incité al contarla que era virgen, y estos dos lados opuestos se juntaron para que ella me dejase estar con ella seis o siete veces sin ninguna presión hasta que hicimos el amor una noche oyendo el bolero de Ravel. Pero tal como llegó un día sin decir nada desapareció. Pero fue ella la que me presentó a la mujer con la que me casé.
Pero, es que la cosa se ha estancado, y no sé muy bien qué hace mi primer acto sexual aquí. Vamos a ver. ¿Dónde estamos? Yo, estoy ahora en mi casa, estoy solo, mujer e hija pequeña en Paris, por fin tengo tiempo de escribir, voy y vengo entre el presente y lo que pasó hace casi treinta años, 29, entre el final de mi servicio militar y hasta el último número de la revista Mar´ot, el presente es lo más confuso. ¿Cómo llegué de mis primera publicaciones a escribir en castellano?, ¿Cómo me convertí ajeno a la cultura en la que vivo? Y sobre todo al lengua. ¿Es bueno o malo? O ni uno ni lo otro. Estoy solo. Hace ocho mes gane un premio, una beca para escribir pero he estado dándole vuelta a la tuerca sin hacer casi nada y sin dar golpe. Prometí escribir una novela en hebreo y eso casi lo hice, retoqué varios textos en hebreo de los últimos años y salió un libro nuevo, una especie de novela titulada "Dresden puede esperar", pero, y este es el pero, me encuentro en una situación de lo más rara, sigo, después del premio, sin editorial en Israel, sigo tan rechazado como siempre. Ya, sí he publicado varios libros en hebreo, pero siempre en editoriales muy pequeñas, editores que en realidad fueron casi mecenas. Los libros no llegaron a las librerías, y a pesar de eso se vendieron casi bien. En ese mismo lapso de ocho meses encontré una editorial, Escalera, en Madrid que va a publicar mi próxima novela "Amor y Exilios", que es mi obra más ambiciosa y más larga, unas 500 páginas. ¿Y qué hago? ¿Sigo escribiendo novelas en hebreo por amor al arte, o hago lo que estoy haciendo y escribo en castellano? No es que me esté enriqueciendo de mis publicaciones en España pero las cosas siguen un camino más o menos lógicos y una publicación me abre a otra y así sigo, mientras que en Israel parece que pasa lo contrario, cada éxito me cierra más puertas. Si hasta ahora podía traducir un par de novelas al año desde el premio nadie me habla, si antes me invitaban a un par de conferencias o actos literarios pagados ahora ya no me invitan a ninguno. Lo lógico sería escribir este relato autobiográfico, o más bien semi-autobiográfico en hebreo, ya que habla de una época en la literatura israelí y habla de Jerusalén. Pero dada la opción, ¿no es más lógico escribir en una lengua en la que puedo publicar? ¿Y hasta tal vez algún día ganar algún dinero? Lógico lo es, como lógico no lo es.
Lo peor del caso es que hace unos meses tomé la decisión de no escribir más relatos realistas y sólo dedicarme a lo fantástico. Pero la palabra tiene esa tendencia a no dejarme decidir y a imponer. Aunque, ¿Quién sabe? Tal vez la memoria es la cosa más fantástica que existe y nada de lo que estoy contando existió. Ni yo.
La pregunta tal vez sería no porque escribo en hebreo, sino por qué no me puse en el año 1981 u antes a escribir en mi lengua materna. Esa pregunta no podía ya ni formulármela en esa época. Gracias Esther Bendahan por corregirme y por tantas cosas más.
En 1981 yo era un poeta con todo su futuro delante de él. Había ya publicado en varias revistas veinte o treinta poemas y había hasta publicado en el periódico Maariv dos textos literarios, un poema y un cuento. Con sólo 21 años había ya publicado en dos de las revistas más prestigiosas del país, 77 y Hadarim. ¿Entonces qué pasó? En vez de seguir el camino de otros en mi situación las editoriales empezaron a rechazar manuscrito tras manuscrito como si se hablase de lluvia en un país tropical, ya sea libros de poesía como novelas y libros de cuentos. ¿Por qué me pasaba eso? Al meterme en la revista sin darme me cuenta me volví en la causa de todas las tonterías que hacen escritores revolucionarios en la edad el pavo. O del post-pavo. Yo enfocaba hacía mi las travesuras de los otros, porque era el marroquí, era el forastero, el que era demasiado raro, el peligroso, el subversivo. Así cuando el sabra y el pelirrojo recibieron los dos una beca de la municipalidad de Jerusalén para publicar el primer libro yo no la recibí porque no podían dar tres becas a un mismo grupo. Desde entonces y hasta hoy siguen las excusas, aunque ya entendí la razón. Un marroquí es una fuente de delirio para la literatura israelí. Hay pocos, ya sea, redactores, escritores, traductores, correctores, y así el sistema cree que debe ser. Pero en aquel entonces yo no me daba cuenta de las reglas de juego. Si me hubiese dado cuenta










Mois Benarroch 48 moros en una bicicleta



Un escritor madrileño nacido en Lucena llega a un festival de escritores en Jerusalén, a través de un libro que se ha traducido al hebreo. En la feria es uno de los dos no judíos extranjeros que llegan. El narrador sigue sus libros y sus escritos con asombro, sus amigos le critican el viaje a Israel. En Jerusalén empiezan a pasarle cosas raras y desconcertantes que no llega a sintetizar. Sufre una especie de sindroma de Jerusalén. En una de las callejuelas del centro de la ciudad una mujer dice ser su madre y está segura de que él es un hijo suyo desparecido en la guerra del Líbano del que nada se sabe. Le comunica que tiene una hija. Un grupo de místicos lo secuestra e intenta convencerlo de que escriba un artículo en El País sobre la ancestral presencia de los judíos en la ciudad. Mientras tanto lleva extrañas conversaciones con un escritor judío marroquí en el las calles de la ciudad. Cuando ya nada tiene sentido decide volver a su ciudad, que después de todo lo que ha pasado, es Paris.

Mois Benarroch nació en Tetuán, Marruecos en 1959. A los trece años emigra con sus padres a Israel y desde entonces vive en Jerusalén. Empieza a escribir poesía a los quince años, en Ingles, después en Hebreo, y finalmente en su lengua materna, el castellano. Publica sus primeros poemas en 1979. En los años 80 forma parte de varios grupos de vanguardia y edita la revista Marot. Su primer libro en hebreo aparece en 1994, titulado "Coplas del inmigrante". Publica también dos libros de cuentos, varios libros de poemas en Hebreo , Inglés y Español, y cuatro novelas. En el 2008 es galardonado con el premio del primer ministro en Israel.
En España ha publicado el poemario “Esquina en Tetuán” (Esquío, 2000) y en 2005 la novela “Lucena” (Lf ediciones). En el 2008 la editorial Destino publica la novela "En Las Puertas De Tánger". Y en el 2010 Escalera publica "Amor y Exilios".








http://www.moisbenarroch.com







Extracto


48
moros
en
una bicicleta


Mois Benarroch


ISBN: 978-1-4710-2313-2
48 moros en una bicicleta


Mois Benarroch


© 2012, Mois Benarroch

Cubierta: Alan Green



















Un escritor debe seguir sus libros, sus lectores, sus palabras. Si no, no tiene perdón. Por eso yo me paseaba por las calles de Jerusalén, como si mi libro me llevase a algún lado, como si no tuviese más remedio que seguir mis palabras: Yo seguía a mis palabras y mis palabras me perseguían. Las palabras que dije en clase a los ocho años sin mucho sentido, sin tener muy claro por qué en la escuela de Lucena, en el fin del mundo. "soy judío", tal cual se lo dije a mi mejor amigo en secreto, un secreto que duró media mañana hasta que toda la clase se entero y un día más para que fuese el habla de todos, desde alumnos hasta el director. Mi íntimo amigo, creo que se llamaba Raúl, me dijo:
"¡Lo sabía!"
Lo cual no pude comprender, cómo podía ser que él lo sabía si yo me lo había inventado. Pero ya ese mismo día lo sabían todos, o sea que todos me dijeron que sabían que era un tipo raro y que por lo tanto no les extrañaba nada que fuese judía. Tal como me lo contó un transexual con dos hijos que cuando anuncio a su alrededor que se iba a cambiar de sexo todos le dijeron que no les extrañaba y que siempre supieron que algo raro le pasaba. Todos menos él que hasta los treinta y cinco años se comportó como todos los hombres a su alrededor. Se llamaba Dafna, yo le conocí ya mujer y nunca la pregunté por su nombre de hombre, me parecía algo muy indiscreto. La invención mía me llevo a muchas discusiones con maestros, con el director y con mis padres. Estamos hablando de la época de Franco y en esos días ser judíos era ser judeo-masónico, y el único que era franco-masónico era por lo visto Franco, y era hasta peligroso. Mi madre me dijo mil veces que de eso no se habla y no sirvieron las explicaciones mías que era una simple travesura. A mí me gustaba ya leer, y cuando leía me enteraba de que muchos inventores, escritores, científicos eran judíos, y fue por eso que me inventé la idea de decir que era judío. No podía saber que esa iba a ser la reacción, no tenía en esa época ni idea de que decir que eres judío era una especie de contraseña, o de código, el código cristiano. Mi padre llegó hasta contarme que le investigaron en su trabajo, era funcionario del estado, y me pidió por favor que no lo repitiera. No lo hice hasta hoy. Pero sí fui a mi abuela y la pregunté si éramos judíos unos meses antes de que falleció y me dijo: shhhh… Con doce años pregunté qué era ese shhhh y me señaló con el dedo enderezado creando una cruz con sus labios que no hablase más de eso. No hablé más de eso pero a pesar de mi silencio los gritos en los partidos de futbol que perdíamos era judío de mierda o pásame esa pelota judío cabrón, o hasta judío cabrón de mierda, seguí siendo el judío y a pesar de que siempre la palabra venia empreñada de una palabrota no me disgustaba tanto. Me sentía especial.
¿Pero era judío o no era judío?, ¿Por qué nadie quería hablar de eso?, peor todavía, ¿Por qué hasta hoy mi padre no está dispuesto a decir de eso ni una palabra?, ¿Por qué mi madre que en paz descanse nunca dijo nada del asunto?, y mil preguntas más.
Una vez mi amigo Charly, que en realidad se ha convertido en el amigo intimo en la ciudad de Jerusalén, y amigo cuando viene a Madrid, porque en Madrid siempre está de buen humor pero lo que me cae bien de él en Jerusalén es que siempre esta criticando a todo y a todos, a los projudios a los antisemitas, a los europeos y a los prosionistas y a los antisionistas, a los ashkenazim y a los árabes, marroquíes y a todos, y hasta una vez me dijo que era antisemita porque todo pensamiento europeo tiene una base de antisemitismo, y puede que hasta tenga razón, bueno, pues Charly me contó que una vez un amigo suyo llamado David (mi nombre judío secreto que nadie sabe) viajo de vacaciones Vinaroz y una señora mayor le dijo que en la guía telefónica podía reconocer a todos los descendientes de judíos. Si así es en Vinaroz creo que en Andalucía debe ser hasta peor. A Charly lo conocí en una presentación de una novela suya en Andalucía a la que me llevó una amiga judía que también llego por mi libro, y en esa charla Charly dijo que según él la mayoría de los andaluces eran de descendencia judía y se levantó uno de los veinte que acudieron a la presentación y dijo que eso era una exageración, recuerdo que el presentador, un poeta andaluz cuyo nombre no recuerdo, le pregunto a este señor cual era su nombre y él respondió José Rabal Caro, o algo así, no me acuerdo de su nombre pero sí que su segundo apellido era Caro, y entonces Charly y el presentador se pusieron a reír, y explicaron que Caro es uno de los nombres más judíos que se puede imaginar. Un día me conto que un tal Caro, descendiente de judíos expulsados es el que escribió el código religioso que todos los judíos siguen hasta hoy, lo hizo en el siglo diecisiete.
Entonces…
Yo me paseaba por tercera en las calles de Jerusalén, invitado al festival de escritores, fruta de la publicación de mi libro "El ladrón de cumpleaños" que se publico ya en seis lenguas, y por suerte salió en hebreo. Charly fue el que me tradujo los dos primeros capítulos y así lo presentamos a varias editoriales aunque creo que la primera compró los derechos. Charly me dijo que lo veía difícil y que más bien debería intentar con otra de mis seis novelas y que libros extranjeros con temas judíos y de la shoah casi no se publicaban en Israel y casi no se vendían, pero yo lo veía en mi libro y en las palabras de mi libro, yo lo imaginaba en hebreo, y por lo tanto se publico en hebreo, imagino ergo creo, creo ergo creo, qué tiene un escritor mejor que su imaginación y si puede crear mundos en sus libros puede crear nuevas realidades dentro de la realidad. El libro se publicó en una editorial pequeña pero se vende poco a poco y los lectores responden al libro, como si esperaran de un goy que les contara eso, que reflejara sus angustias en los libros, en un libro por lo menos, porque como dice Jelinek parece que solo a los judíos les importa lo que paso en la shoah, y en eso tiene razón cuando publique el libro algunos de mis amigos me dijeron que debía de ocuparme de la ocupación de Gaza y no de algo que ya ha pasado, como si la literatura es un periódico, aunque esos mismos amigos escritores se pasan sus vidas escribiendo sobre ese pasado de la guerra civil que es anterior a la shoah, no, no, los judíos tienen que vivir en el presente porque su pasado molesta, algunos amigos hasta dejaron de hablarme y desde entonces sin ninguna razón se me considera un hincha de los sionistas y alguien que odia a los palestinos y a los árabes, vete a saber a dónde va a llegar el mundo.
Una charla en el café literario más famoso de la ciudad Tmol Shilshom, del que ya había oído hablar, con otro escritor llamado Yosi Abni. No, no con Charly que no estaba invitado al festival, según él porque sólo invitaban a ashkenazim, aunque el Abni era de origen curdo, hay judíos de todos lados, menos japoneses, y él contó porqué escribía sobre la shoah, tal como yo por enésima vez repetía las razones que me llevaron a escribir este libro, ya lo había hecho cuarenta veces por todo el mundo, a veces las preguntas le daban un toque más interesante a la cosa pero no fue así esta vez. Después bebimos un refresco y yo salí a la calle solo a eso de las ocho camino a un encuentro de periodistas hispanos que organizaba un chica llamada Noga que me caía muy bien, bueno un poco más, creo que estaba un poco enamorado de ella. Salí a una de las callejuelas del barrio llamado Nahalat Shiva, es la ciudad vieja, pero no tan vieja de Jerusalén, o sea la ciudad vieja fuera de la histórica que está dentro de las murallas, son casas y calles construidas a finales del siglo diecinueve, fue un barrio pobre que ahora ya es un barrio solo para millonarios judío de la diáspora que se pueden permitir casas de millones de dólares, y justo al bajar las escaleras (Tmol shilshom está en un primer piso) percaté a una mujer que se parecía a mi madre que en paz descanse, la vi de lado, me fije que tenía menos pelos y mas canas, como el mismo pelo pero diluido por tres o por cuatro, y en menos de un segundo (todas estas cosas que cambian la vida pasan en menos de un segundo) se dio la vuelta y estaba en frente mía, mirándome, y me dijo, en español
"¡Lo sabía!"
Y yo la miraba como embobado, sin poder decir una palabra, porque con el paso de los segundos se parecía más a mi madre, y estaba vestida como la mujeres andaluces de cierta edad, elegante pero en un estilo muy demodado, muy pasado de moda, como si el tiempo se hubiese estancado en los años sesenta del siglo veinte, y ella allí diciéndome "¡Lo sabía!" y yo sin decir nada, y otra y otra vez repitió la frase, como si fuese una mantra, como si hubiese esperado años para decirla, y después me dijo, ven hijo que la cena está ya preparada, y seguro que te acordaras que vivo aquí, siempre he vivido aquí al lado, en esta casa y me quieren echar de aquí, ya me han propuesto millones, pero yo moriré en esta casa, esta es la casa que lleva tus recuerdos.
Pero, Mamá, si tú estás muerta, era lo que iba a decir, pero no pude, ni pude decir que no era yo el que buscaba, o algo como no soy yo, si no soy yo, o alguna de esas frases que dice uno pero que al volver a pensarlas se siente ridículo. Y ella, está mujer que era y no era a la vez mi madre repitió la frase, ven hijo que la cena está preparada, y después siguió un poco la frase, como que siempre te la preparo desde que no estás por aquí, todas las noches, porque tú siempre volvías para la cena, y hice lo que te gusta, sopa de habas, albaisal, y además todavía queda un poco de oriza del sábado que te gusta tanto, yo sabía muy bien lo que era oriza, porque mi primera mujer que era judía la cocinaba a veces los sábados, un plato de arroz con azafrán riquísimo, y sin poder responder todavía, sin poder decir una palabra, yo que hablo tanto y que siempre tengo qué decir, estaba detrás de ella caminando 89 pasos, juro que los conté como si fuese una forma de creer que todavía estaba en el mundo real y no me había metido por equivocación en una de las novelas de Charly, o de Paul Auster, o mías, o de algún escritor que nadie sabe que existe pero que rapta a personas reales y se las mete en sus novelas, y en el paso 90 estaba dentro de su casa, una casa en la planta baja, muy pequeña, no creo que tenía más de setenta metros cuadrados, llena de cosas y libros, con la cocina a la entrada, a la derecha del saloncito, que aunque era noche se veía que era la única zona a la que llegaba algo de luz durante el día, y después tres habitaciones al final del salón muy pequeñas, o eso lo parecían pues no osaba a moverme del escalón que daba al salón, y el baño detrás de la cocina, pensé en que así fue construido para aprovechar la instalación de las tuberías, podía haber pensado en algo otro, por ejemplo en el encuentro de periodistas, pero se me pasó del todo de la cabeza, como si hubiese entrado en otro mundo y en otro tiempo, y en otra dimensión, qué new age suena todo esto, aunque al final toda tendría una explicación lógica, si es que uno cree que la lógica es lógica.
Me senté en el pequeño salón que hasta de noche parecía oscuro y como congelado en el pasado, como si los años seguían viviendo en el, las paredes no habían sido pintadas en dos decenas por lo menos, y aunque todo parecía limpio, todo parecía lejano. Me senté y me puse a hablar de la unión europea y de que yo no le veía ningún futuro, ni al euro, ni a una Europa unida, porque nadie sabía a dónde iba ese barco, y cada uno remaba para una dirección diferente. No sé por qué me puse a hablar de eso, era lo que hablé el mediodía con Charly el mediodía cuando almorzamos en un restorán vegetariano en el mercado de Majané Yehuda, donde siempre me recuerda que es el sitio donde más atentados ha habido en Israel, que el primero fue en el 57 o algo así, o en el 68, no me acuerdo, bueno pero mucho antes de que los palestinos eran tan mezquinos y tan oprimidos por los israelíes, a mi eso no me asusta del todo, en nada, y creo que alguien que viene de Madrid después del 11M ya debería ver las cosas de otra forma, no como todos mis amigos que me dijeron que estaba loco de viajar a Jerusalén como si iba a estar entre bombas de la mañana hasta la noche. Todo eso se lo conté a mi madre, a mi no madre, o a lo que era la mujer que estaba en el fondo del salón en la cocina calentándome la cena como si fuese su hijo, o tal vez lo era, quién sabe. O lo soy, y yo soy el que no sabe quién soy. No objetó nada a mis divagaciones sobre la unión europeas y parecía que coincidía y consentía con mis palabras aunque no estaba ni seguro que las oía desde la cocina. Así son las madres.
Después nos sentamos en la mesa de comer que estaba más cerca de la cocina y un poco alejada del sillón que tenía una televisión antigua enfrente, y me dijo "David, aquí está tu sopa" y nos sentamos, no solo que no me sorprendió nada que me llamase David y que supiera mi nombre secreto, no solo que no me revelé contra esta intrusión en mi vida privada, si no que hasta me agradó que me llamase así. Aunque de todas formas se lo dije, No me llamo David, pero es mi nombre secreto, siempre lo fue, antes de saber hablar, y mucho antes de que dije en la escuela que era judío, pero yo eso nunca se lo he dicho a nadie, solo a mis amores, grandes amores, y tenía una ley que solo se lo decía a amantes con las que salía más de tres meses, a veces mucho más y se lo decía una sola vez, mientras dormían, mi nombre secreto es David, y solo una lo captó, medio dormida, mi mujer, mi primera mujer, judía con la que tuve una hija, mi única hija, aunque solo estuvimos casados dos años, mi hija, que ahora tiene ya casi treinta, entonces mi mujer, Sara, dijo, David, repitió mi nombre y se tornó al otro lado, y ya nunca más volvió a repetir mi nombre, todas las otras ni se enteraron, aunque tampoco fueron tantas, tantas a las cuales les dije mi nombre secreto, ni tampoco fueron tantas mis amantes. Bueno mejor no hablar de números en estos casos.
Mientras comía la sopa espesa y verde, y ella me miraba y yo no osaba preguntarle su nombre, no fuese el mismo que el de mi madre (claro que lo fue) me puse a hablar,
"Este mediodía almorcé con mi amigo Charly, es escritor como yo, (movió la cabeza como diciendo que lo sabía), en el mercado, que él siempre lo llama zoco, pero yo lo llamo el mercado, porque el zoco es un mercado oriental, y Charly me dice que el mercado de Majane Yehuda es oriental, y tiene razón, pero igual yo sigo llamándolo mercado y el zoco, hace cinco o seis años que nos conocemos, tal vez ocho o cinco, esto del tiempo no lo llevo muy bien, me olvido de fechas, odio los números, a veces ni siquiera sé en qué año estoy viviendo, claro que parece mentira que sea el 2010, eso para nosotros era ciencia ficción, era como si en 1983 íbamos hacía una nueva era completamente desconocida que llegaría en el momento que los números se cambiasen, como algo místico, que llegaría con el numero 2000, y tal vez es lo que pasó, aunque no es que la vida sea hoy tan diferente de la vida del año 1993, o del 1977, yo que sé, tal vez lo sea, los móviles, ordenadores, aviones para aquí y para allá, el correo electrónico (Y entonces di una vuelta visual del salón y no vi ni móvil ni ordenador), y hablamos hoy de muchas cosas, Charly, escribe todos sus libros sobre situaciones inverosímiles, pero posibles, como esta, quién sabe, por ejemplo tiene un cuento sobre un hombre en el autobús que se topa con una mujer igualita a su mujer pero con veinte años más joven, así empieza el cuento, él dice que es porque emigro a los trece años y en realidad es algo así lo que le pasó, pasó algo casi normal pero que cambió del todo toda su realidad y toda su perspectiva de la realidad y del mundo, eso es lo que dice, también escribe mucho sobre los judíos de Marruecos del norte, su nombre es Charles, aunque tal vez también le llamaron en algún momento Carlos, por qué no Carlos, aunque nunca me lo ha dicho, aquí todos le llaman Charly, y la verdad es que suena bien, no como mi nombre, Guillermo, que tal vez por eso me inventé ya de niño ese nombre secreto que solo tú y yo conocemos, yo escribo toda clase de libros, cada libro tiene que ser diferente, una novela histórica, una policial, una satírica, cada libro mío es diferente, ya sé que me vas a decir que como Pérec, o no, pues no, y uno de ellos es sobre niños en la época de la shoah, un grupo de cinco niños que se escapan de un campo y viven en el bosque, tienen miedo de lobos y de animales, pero las madres le dicen que no tienen que creer en ningún ser humano, y que mejor comer flores, plantas, y hasta tierra que pedir a alguien, son niños de 5, 6 o 7 años y la realidad para ellos es la de cuentos de fantasmas y monstruos y también de hadas, al final encuentran un hada con una barita mágica que les ayuda, o eso creen, pero se acuerdan de la lección de las madres y se escapan el último minuto, justo antes de que llega la Gestapo por ellos, pero fue solo un libro sobre judíos, los otros son sobre todo, sobre Madrid o sobre Lucena, donde nací, pero ya ves, ese libro me trajo a ti, o más bien, quiero decir me trajo aquí, y ahora estoy tomando notas sobre los viajes míos a Israel y tal vez voy a escribir algo sobre viajes, algo entre una novela y un libro de viajes, cosa que nunca he hecho, tal vez pensé que escribir ese libro sobre niños judíos era un juego literario, ya ni me acuerdo, pero se ha convertido ya en algo serio, muy serio, a veces envidio a escritores como Charly que escriben sobre un mismo tema y es como si escribiesen un solo y mismo libro toda la vida, pero yo cada vez tengo que buscarme un genero diferente, una historia diferente, y crear un nuevo camino, así es lo que yo escribo, y la verdad es que no sé por qué te estoy contando todo esto, y la sopa está buenísima y la oriza genial, hace mucho tiempo que no como oriza, me la preparaba a veces mi primer mujer que era judía de Tetuán y hacía oriza pero no tan buena como esta, no, no tan buena, esta es mejor, pero mi madre no, mi madre no hacía oriza, no no cocinaba esas cosas, tampoco cocinaba mucho, pero lo poco era comida andaluza, Charly me dijo que su madre hace muy buena oriza, me invitó a casa de su madre el sábado, pero no voy a estar aquí este sábado, me voy a Tel Aviv, voy a estar en casa del embajador que es amigo mío y voy a ver a los del Cervantes así que no puedo pero hay un rumor que la mejor cocinera de oriza está en Gibraltar y es oriunda de Tánger, pero esta oriza ya es casi la mejor que he comido, o no casi, es la mejor, aunque un poco picante para mi paladar, no estoy muy acostumbrado al picante aunque me gusta, la cocina española no es muy picante, no como